miércoles, 30 de abril de 2008

Storm

Estaba sentada en el escalón de la entrada. Las nubes cubrían el cielo. Y el viento lo llenó todo. Pronto estarían bailando.

Cuando la tormenta estalló las demás acudieron. Formaron el círculo y gritaron sus nombres y títulos. Y la tormenta estalló.
Su risa era como los truenos, su voz un vendaval.

Aquella noche los fuegos ardieron y ninguna puerta se abrió de nuevo hasta la madrugada.

No danzaron.
No cantaron.
Sólo fueron la lluvia y los truenos.
Sólo fueron el agua, el viento y el fuego.

Ellas fueron la tormenta.
Y así como vinieron, se fueron.

jueves, 20 de marzo de 2008

In the Deep - Parte III

Cuando desperté el Sol comenzaba a colarse tenuemente en mi habiatación y el otro lado de la cama estaba vacío. Mi cuerpo estaba frío y empapado en sudor. Quité las sábanas blancas y las eché a lavar. Después me metí en la ducha. El agua estaba helada. Recuerdo que cerré los ojos y la dejé caer a chorro sobre mi cuerpo. Al poco comencé a tiritar. Me senté en el plato de la ducha y rompí a llorar. Debí de estar así unos veinte minutos. Nunca me había sentido así. Tan lleno, y tan vacío a la vez. Sólo sé que quería llorar. Nada más.

Han pasado unos tres años desde entonces. Ya casi no recuerdo su cara. Pero aún oigo su risa cuando cierro los ojos y comienzo a dormirme. Y aún siento el sabor de si piel ácida algunas mañanas justo antes de despertarme y ser consciente de que sigo en este mundo.
Y la echo de menos. La echo de menos de una forma que no alcanzo a comprender. Porque a la vez siento que nunca ha estado aquí. Y que nunca se ha marchado.

Desde aquel día no he parado de escribir. El bloqueo se marchó y no ha vuelto. No sé si sería algo que trajo con ella. O algo que se llevó.
O si fue lo que dijo, mentras dormíamos, bajito en mi oído.
Como un susurro. Como un regalo. Como algo que dejó dentro de mí. Y que por mucho que pase el tiempo no va a marcharse nunca.

martes, 18 de marzo de 2008

In the Deep - Parte II

Entramos en casa. Recuerdo que fuera estaba lloviendo y que cuando llegamos estábamos empapados. Nos quitamos la ropa mojada lentamente. Recuerdo sus manos ascendiendo por mi costado llevándose una camiseta sucia con ellas. El tacto de su piel húmeda cuando descendí por su vientre hasta atreverme a bajar sus bragas blanca. Y su risa. Cuando volvió a reír como si todo aquello no fuese más que un juego. Reía muchísimo.
Y nos besamos de nuevo. Aprentando nuestros cuerpos empapados.
Nos tiramos sobre la cama y recorrí su cuerpo con mi boca. Su pecho, su vientre. Aún recuerdo el sabor de su piel, ácida, suave y ácida, junto con el de aquella agua de lluvia. Se mordía el labio inferior de placer. Y gimió, suspiró cuando la penetré.
Aún hoy lo recuerdo como un sueño extraño. Con una mezcla del sabor de sus labios y el brillo de sus ojos oscuros. Y el tacto de su piel y la cascada de su pelo castaño.
Lo hicimos una y otra vez hasta agotarnos. Y recuerdo que cuando estaba a punto de quedarme dormido me susurró algo. Dijo algo por lo bajo a mi oído. Y soñé toda la noche con su cuerpo perfecto bajo aquel vestido blanco de gasa bailando en el viento. Y su risa, el eco continuo de su risa llenando el mundo.

domingo, 16 de marzo de 2008

In the Deep - Parte I

Allí estaba yo. En medio de toda aquella gente a la que no conocía lo más mínimo. En un sitio en el que no quería estar. Aguantando una conversación sobre algo que no recuerdo y que no me interesaba lo más mínimo. Algún amigo, ya no recuerdo quién, me había arrastrado hasta allí. Llevaba semanas encerrado en casa con un bloqueo completo. "Necesitas salir", me había dicho "Además así yo no iré solo", continuó.
Así que estaba allí, en medio de una fiesta sin conocer a nadie, nada más que al alguien que no podía encontrar. Apoyado en la pared con una cerveza en la mano, pensando en mis miserias o tal vez tratando de dar con alguna idea que escribir, cuando la vi.
Lo primero que me sorprendió fue que me estaba mirando. Estaba entre un grupo de gente. Algunos hablaban. Algunos reían. Pero ella estaba como ausente. Con la mirada como perdida, pero fija en mí. Llevaba un vestido blanco y suelto, que jugaba con sus formas curvadas. Es posible que alguien hubiese dicho que resplandecía. No es cierto. Era el resto del mundo que se apagaba a su alrededor. Debió de ver que la estaba mirando. Porque me sonrió. Me sonrió sobre todo con sus ojos verde oscuro. Iguales que las hojas de un rosal. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.
Caminaba con un movimiento lento. No se contoneaba demasiado, pero era como si todo su cuerpo siguiese un baile lento, a un ritmo completamente distinto del de la estruendosa música que no paraba de sonar. Yo no paraba de preguntarme porqué se había fijado en mí. Desde luego no era ni de lejos la persona más atractiva de la fiesta. Y estaba muy lejos de ser el más divertido en aquellos momentos. Pero la seguí. No dejé de seguirla ni por un momento.
Salió a un balcón y me esperó apoyada en la barandilla.
- Te estaba esperando. - Y dijo mi nombre. Lo dijo como quien conoce a alguien de toda la vida. Y me pareció lo más normal del mundo.
- ¿Te conozco?
Ella rió. Con una risa que me sonó a la de un niño. Y después me acarició por detrás de la oreja.
- De toda la vida. Me conoces de toda la vida.
Y me besó. Y fue como si aquel beso fuese el primero y el último de toda mi vida.

sábado, 15 de marzo de 2008

Come away with me - Epílogo

Isabel cogió a su hijo de la mano y se dio la vuelta. Según andaban los pocos rasgos animales de Daniel se fueron atenuando, haciéndose más humanos. Hasta desaparecer.
- ¿Pueden venir mis amigos conmigo mamá?
Ella miró alrededor y vio a todos aquellos animales-niños que los observaban con pavor. Y supo que el mundo ya no era lugar para ellos. Que nunca podrían volver. Y que de hacerlo, sólo sería peor.
- No hijo.
El pareció entristecerse. Ella se puso de cuclillas junto a él, y le acarició la barbilla mirándole a los ojos por un instante.
Entonces le besó la frente.
- Venga. Tu tía debe de estarnos esperando.
Caminaron hacia la entrada del laberinto y el mundo entero pareció llenarse de luz.

viernes, 14 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XL

Sonrió. Con una sonrisa que podría haber llenado un mundo.
- Fue un regalo.
Él estaba aterrorizado. Toda su belleza se volvió terrible. Su voz sonaba como el silbido de la serpiente.
- Márchate.
- No. No sin él.
El cielo pareció oscurecerse. El aire se hizo más denso. Y él pareció crecer. Sus rasgos se desdibujaron. Y por un segundo pareció un niño. Un animal.
- Este es mi reino. Márchate. No hay nada que puedas hacer.
- Sí.
Sentí la conjoga de lo que iba a decir. Como si un frío espeso se pegase a mi piel.
- Hay algo que puedo hacer. Sé tu nombre.
Y entonces su cara se desencajó.
- No puedes saberlo.
- Lo recuerdo. Lo recuerdo de cuando era una niña.
Y su voz fue una súplica. Sus ojos eran acuosos y asustadizos. Y su voz un susurro.
- Márchate y llévatelo contigo.

jueves, 13 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIX

Entonces lo recordó. Como algo extraño, fugaz. Visto por el rabillo del ojo. Recordó al camarero de aquel bar alejado del resto de la ciudad. Y a aquella mujer de negro que había mirado la foto de su hijo fijamente, con sus ojos acuosos. Recordó como hablaba con el camarero mientras la mujer se miraba la mano izquierda y empujándolo con el pulgar se desprendía de un anillo de oro. Recordó como se chocó con ella y algo se deslizó de sus manos a su bolsillo. Y como cada una siguió su camino.
Entonces no la había visto hacerlo, pero ahora tenía la certeza.
Y supo que había sido un regalo.
Y no pudo menos que estar agradecida.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVIII

Era alto. Y hermoso. Dolorosamente hermoso. Y vestía de verde. De un verde vivo. Unas ropas que no se habría podido definir en el tiempo. Eran viejas. De hace mucho. Pero no sabría decir cuanto.
Y sus ojos brillaban. Resplandecían. En un verde oscuro e intenso.
- He venido a por lo que es mío.
Su voz la sonó extraña. Como lejana. Como si no fuese ella quien hablase. Él sonrió, con esa sonrisa inocente. Con esa sonrisa que escondía tanto. Tanta falsedad.
- Aquí ya no hay nada tuyo.
Y lo vi. Lo acariciaba con una mano. A mi hijo. ¿Pero seguía siendo mi hijo? Comenzaba a ser uno de aquellos seres. De aquellos seres que antes habían sido niños. Pero seguía siendo mi hijo. Aún no era uno de ellos. Aún era un niño.
- Él es mío.
Lo señalé. Y el volvió a sonreír.
- No. Ya no. Aparte. ¿Cómo volverás? Es realmente que encontrases el camino hasta aquí. ¿Pero podrás encontrar el de vuelta?
Giré mi mano izquierda y me miré la palma. Cuando me fijé en su cara estaba casi aterrorizado. Su voz sonó débil, asustadiza.
- ¿Cómo conseguiste ese anillo?

martes, 11 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVII

Era un jardín. Había árboles cargados de flores de colores vivos y la hierba estaba bien cortada y era de un verde esmeralda. El viento la mecía con una suavidad delicada, conmovedora. Y todo estaba lleno con ese olor a flores silvestres.
También había animales. O al menos parecían animales.
Cuando se acercó a ellos dejaron de parecerlo.
Estaban desnudos y cubiertos de pelo, o plumas. Tenían ojos sin iris ni pupilas. Sólo de un único y brillante color. En la mayoría de los casos negro. Algunos se volvieron para verla pasar. Recordaban a aves o perros de caza. Pero no lo eran. Era evidente que habían sido niños, en otro tiempo, hacía mucho. Pero ya no.
Isabel siguió caminando. Los antes niños la miraban al pasar. En silencio. Como miran los predadores antes de saltar sobre la presa.
Pero ella siguió caminando.
Y entonces sonó una voz. Dulce, aterciopelada, arrebatadora.
Y tan conocida como un sueño olvidado.
- Bienvenida de nuevo. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

lunes, 10 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVI

Siguió caminado entre los corredores, buscando las baldosas doradas, guiándose por el anillo de oro. Y entonces comenzó a sentir las sombras. Que la seguían, que reían cada vez que torcía una esquina. Pero nunca se acercaban. Porque aún estaba en el camino corecto y no podían herirla.
Pero comenzó a ver algo aún peor.
En las ramas de aquel seto espinoso comenzaron a dibujarse rostros. Rostros de hojas y espinas. Caras retorcidas y serenas. Entristecidas y consumidas. Algunas no más que trazos que se sumían en aquel mar de hojas, como ahogándose en sus ramas. Otras claras y perturbadoras.
Pero siguió caminando.
Entre aquellas sombras. Entre aquellos rostros sin expresión.

Hasta que al final el laberinto terminó.

Y entonces vino lo peor.

domingo, 9 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXV

El laberinto girara y giraba. Con cada recodo desdoblándose una y otra vez en cientos de nuevos pasillos. El viento soplaba suave entre las hojas oscuras de los setos que delimitaban cada corredor. E Isabel caminaba impasible, de forma lenta. Sin perder el camino. De vez en cuando, aquí y allá pisaba alguna de las baldosas. Tras giraar tantas veces y tomar tantos recodos que perdió la cuenta el corredor se abrió y llegó a un pequeño claro. En el centro había un rosal. Ascendía con un tallo grueso que se abría en una enorme copa en forma de corazón. Las rosas eran de un vivísimo carmesí. Y cada una de ellas goteaba un líquido oscuro, viscoso, de ese mismo color, formando en el suelo un charco carmín.
Isabel se mordió el labio y evitó acercarse al rosal. Trató de tomar el recodo más cercano. Pero el anillo volvió a arder en su dedo. Esta vez más suavemente. Entonces miró al centro y vio un pequeño destello al otro lado del claro. Y con cuidado fue bordeando todo el claro hasta tomar aquel otro corredor. Y siguió avanzando entre los inmensos pasillos sin fin.

sábado, 8 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIV

Cuando despertó estaba fría. Y tiritaba. Fuera del cobijo del puente seguía lloviendo. Su ropa se había secado en parte, pero ahora estaba cubierta de barro y su pelo estaba sucio y revuelto. Aún así, se levantó y volvió a emprender el camino. Ahora el sendero serpenteaba junto al río. Lo siguió hasta que tuvo que cruzar un vado. luego pasó entre dos colinas llenas de zarzas y setos bajo, coronadas con sendas y enormes encinas. Después comenzó a hundirse entre ellas. Más y más, hasta que estuvo rodeada por dos paredes de roca que parecía llegar hasta el cielo. Y entonces, poco a poco, dejo de llover. Y las paredes comenzaron a inclinarse, y a llenarse de hierbas bajas y espesas.
Y siguió caminando.
Y el cielo se abrió. Gris, plomizo. Y la hendidura se convirtió en una llanura. Y ante ella el mundo parecía no tener fin. Pero había algo verde allí abajo.
Y continuó caminando.
Y entonces lo distinguió. Con todas sus vueltas y recodos. Con todos sus giros y callejones. Y vio la entrada. Y, sin dudarlo, se encaminó hacia ella.
Y lentamente, se sumió en el laberinto.

viernes, 7 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIII

Sintió el agua rozando sus dedos, su mano, su brazo. Ascendiendo poco a poco hasta empepar todo su cuerpo, y arrastrarla con ella. Se sintió flortar sobre una corriente suave. Tranquila y plácida. A lo lejos sonaba un ruido amortiguado. Y el agua la siguió arrastrando. Y entonces comenzó a caer. Y todo era agua y aire. Y la caída, la interminable caída. Y entonces todo se llenó de espinas y ramas que se quebraban a su paso. Y empezó a dejar de caer. Y ya no caía sino que corría. Y había una voz que la gritaba "vuelve", peor ella no podía volver. No quería volver. Sólo podía correr hacia delante, sin saber el camino. A través de todas aquellas zarzas y espinas.
No podía más que correr.

jueves, 6 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXII

Siguió lloviendo. Pero aquella canción triste se fue apagando. Lenta, irremediblemente. Al final no fue más que un susurro permanente bajo el sonido del agua al caer.
Isbael siguió caminando por la senda embarrada. Cansada. Agotada de tanto andar. Y exhausta. Pero no por el viaje. No en el cuerpo. Sino más dentro. En sus más profundas entrañas.
Suspiró.
No se veía capaz de seguir caminando. Pero tampoco podía quedarse allí, bajo la lluvia.
Había un gran árbol junto al camino, uno cuyas ramas se extendían espesas y largas, cubriendo el suelo de la lluvia. Sólo tenía que salir del camino. Estaba allí, a unos pocos pasos. Extendió su piernahacia él, y entonces lo sintió. Ardiéndo en su dedo. Se llevó la otra mano hacia él y dio un paso atrás. En ese momento las enredaderas parecieron espesarse allídonde había estado a punto de poner el pie. Su corazón latía fuerte en su pecho. Cuando se miró la mano tenía una quemadura bajo el anillo. Pero, aún así, estaba frío.
Desistió de dejar el camino y siguió andando por él.
Tras otro largo rato llegó a un pequeño vado, el sendero giraba y pasando por debajo de un pequeño puente que cruzaba un caudaloso río. Allí, entre las piedras frías y algunas plantas extrañas se acurrucó, y se echó a dormir.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXI

Isabel creyó ver algo que se movía en la lluvia. Entre las cortinas de agua. Eran como sombras húmedas. De pelo largo y oscuro. No más que siluetas que se deslizaban a lo lejos, entre los árboles. Sintió un escalofrío recorriéndole toda la espalda, pero continuó caminando, con aquellas sombras mojadas cruzando entre los árboles del bosque. Con aquella canción triste llenándolo todo. Pero sin dejar de andar.
Al final pareció que las figuras se fueron, y que sólo quedó la lluvia.
Y siguió caminando. Sobre las baldosas encharcadas y hundidas. Enterradas en el barro oscuro.
Siguió caminando.
Hasta que la senda torció junto a un árbol enorme y viejísimo y se encontró a una de aquellas sombras de golpe. A no más de 5 metros.
Su cuerpo no era más que un montón de piel y carne que colgaba sin vida de sus huesos finos. Su pelo estaba desgreñado y era tan largo que le colgaba hasta casi los pies. Era como un juego de grises y negros sobre el blancuzco enfermizo de su piel. Parecía estar ahí de pie. Sin vida alguna. Esperando a ver la lluvia caer.
Isabel respiró. Retomó el aire perdido sin moverse lo más mínimo. Con todo su cuerpo en tensión.
Y la figura levantó la vista.
Su cara estaba descarnada y raída. Con unos labios secos y una expresión vacía. Y con unos ojos velados. La miró. La miró sin ver. Tal vez llorando en medio de aquella lluvia que parecía no acabar. Y que llenaba sus mejillas secas de agua y lárgimas.
Oareció temblar por un segundo. Triste. Con una tristeza inabarcable, que parecía llenar todo su mundo. Volvió a bajar la mirada y salió del camino. Perdiéndose como una sombra entre los árboles.
E Isabel volvió a quedar sola en medio de aquella lluvia.
Y suspiró, sin saber si lloraba o eran sólo lágrimas que la lluvia había puesto en sus mejillas.

martes, 4 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXX

Las sombras del bosque se fueron volviendo más densas, y los sonidos del mundo que fue dejando atrás se fueron amortiguando poco a poco, hasta que no quedó más que el estruendoso silencio de los lugares oscuros.
Los árboles se cerraron unos sobre otros. Las baldosas se hundieron entre el barro, y ya sólo sobresalían pálidas y desgastadas de vez en cuando. Las enredaderas se hicieron cada vez más abundantes y espesas. Y se llenaron de espinas, largas y gruesas, como cuchillos afilados en aquel albor del anochecer.
Y siguió lloviendo. Una lluvia que no era ni fuerte ni suave. Ni liviana ni espesa. Tan solo una lluvia pegajosa que calaba con solo rozar. Y fría, fría como solo pueden serlo las cosas largo tiempo muertas.
Y todo siguió así por un tiempo.
Hasta que algo sonó en la lluvia.
Era como una canción.
Como una nana. O una sonata triste.
Y hablaba de un sitio...
...Donde nunca amanecía.

lunes, 3 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXIX

La noche había comenzado a caer suavemente sobre la linde del bosque. Y con ella vinieron las nubes de llevia fría, helada. Isabel miró al cielo y se hechó la capucha sobre la cabeza. La anciana caminó unos cuantos pasos desgrabados apoyada en su bastón y miró a lo profundo del bosque.
- Ven aquí, mi niña.
Isabel se puso junto a ella. Y por un segundo notó algo rígido, duro, bajo sus pies. No esa tierra blanda y húmeda. Y vio una baldosa desgastada, de un amarillo apagado.
- ¿Es este el camino?
- Es el comienzo al menos. Puede llevar a muchos sitios. Si eres capaz de seguirlo te llevará hasta tu hijo.
- Y sino soy capaz de seguirlo.
La anciana miró por un segundo al suelo.
- Será mejor que lo sigas. De todas formas no te preocupes. Alguien ya se encargado de que lo recorras segura.
Isabel asintió y dio un paso al frente.
- Buena suerte.
Sonrió y se caló la capucha.
- Es hora de cazar un lobo, caperucita.
Y comenzó a caminar entre las sombras del bosque.

domingo, 2 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXVIII

Las dos mujeres se sentaron en una mesa con un desgastado mantel rojuo. La anciana sonrió.
- ¿Sabes? Nunca me ha gustado demasaido el té. Pero a mi edad ya no me siente bien el café.
Ambas sonrieron de forma complice por un momento. Después se hizo el silencio. Al final la anciana volvió a hablar.
- ¿Sabes por qué estás aquí?
Isabel asintió.
- Y sabes que a tu hijo se lo llevaron. - No fue una pregunta, sino una afirmación. - Pero no gente normal, sino alguien distinto.
- Sí.
Isabel asintió con dolor. Con conciencia de lo que suponía aquella respuesta.
- Puedo ayudarte a llegar hasta él. Pero traerle de vuelta está solo en tus manos. ¿Estas dispuesta a recorrer ese camino y a encontrarte con quien este esperando al final de él?
Isabel la miró con ojos asi vacíos. Y sólo dijo una palabra.
- Sí.

sábado, 1 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXVII

Isabel llamó a la puerta, que se abrió sola. Dentro había una habitación pequeña. Abarrotada de polvo, libros y estanterías viejas. La luz entraba por entre las resquebrajaduras del cristal, junto con el viento frío que traspasaba la ventana. Aquel lugar olía a hierba fresca y a tierra mojada. Y a cientos de guisos de muchos días.
Isabel se adentró en la habitación. El polvo ascendía en remolinos a cada paso, jugando entre los haces de luz. Algo pequeño se movió entre los libros y aparatos de una de las estanterías. Siguió avanzando hacia la otra puerta. Su sombra se deslizó por el suelo. Entonces oyó una voz:
- Ya era hora hija mía.
En la cocina había una mujer. Una anciana. Estaba de espaldas y atendía una pequeña tetera. Isabel supo que sonreía. Ella también lo hizo.
- Siéntate. Es hora de que hablemos.

viernes, 29 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXVI

Isabel siguió a la paloma. Volaba suavemente entre los tejados de la ciudad. Como deslizándose bajo las nubes grisáceas del cielo. A un ritmo lento, como si estuviese suspendida en el aire. Dándole tiempo a Isabel para que no pudiese perderla.
Cruzaron calles y avenidas. La siguió entre los árboles de un parque y entre los coches de un aparcamiento. Y por último a lo largo de un camino que salía, huyendo, de la ciudad. Camino por él. Con sus pies hundiéndose en su arena gruesa.
Finalmente la paloma se posó en una rama de encina. Y gorjeó dos veces. Al otro lado de un pequeño claro, en el linde de un bosque poco espeso había una casiat vieja. Casi minúscula. Destartalada y vieja.
Isabel sonrió. Sonrió como quien sabe que todos sus males están prontos a cabar.

jueves, 28 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXV

Isabel se sentó en una de las sillas del jardín. Mirando a la nada casi dormitando. Esperó a que sonora la puerta. Escuchó como su hermana salía y se montaba en el coche y entonces se levantó. Recogió su abrigo de la silla de al lado y cogió un pequeño bollo de pan de la mesa. Lo partió por la mitad y esparció la migas por el suelo. Miró al cielo, pero no ocurió nada. Cerró los ojos y suspiró desconsolada. Se sintió estúpida. Aquello no había sido más que un sueño. No sabía porque había esperado que ocurriese algo. Pero entonces lo oyó. Primero suave, lejano, creciendo. Hasta que lo sintió amortiguarse junto a sus pies. Era un aleteo.
Al abrir los ojos había una paloma grisácea, teñida de un azul tenue comiendo las migajas. Ambas se miraron por un segundo. La paloma cabeceó y alzó el vuelo.
Isabel sonrió, se echó el abrigo por encima y salió del jardín.

miércoles, 27 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXIV

Isabel se despertó con un halo de extrañeza rondando su cabeza. Con una cierta pesadez que la nublaba el pensamiento. Bajó las escaleras con pasos pequeños hasta la cocina. Su hermana la saludó con una media sonrisa.
- Parece que hoy has dormido bien.
- ¿Qué hora es?
- Casi las doce.
Se sentó y la sirvió café.
- Me duele todo el cuerpo. Y la cabeza me da vueltas.
-Tal vez deberías de qquedarte hoy aquí. Necesitas dencansar. Llevas demasiados días al límite, buscándole sin parar...
Pero Isabel ya no la escuchaba. En su dedo anular había un anillo de oro. Y entre sus manos amasaba de forma inconsciente unas cuentas migajas de pan. Y entonces supo que debía hacer. Y asintió.
- Sí. Será mejor que hoy me quede aquí.

martes, 26 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXIII

Fuera llovía. Con fuerza, una lluvia fría y penetrante. De las que cala los huesos hasta la médula. Isabel se revolvía en la cama. Un anillo con su nombre escrito brillaba ligeramente en la mesilla. Mientras ella se hundía poco a poco, cada vez más en las sábanas, deslizándose hacia el sueño. Hacia esa tierra oscura. Hacia ese pasillo blanco.

Y siente el tacto del osito de peluche entre sus dedos. Suave, cálido. Y siente la tranquilidad de tenerlo entre los dedos. De sentirlo cerca.
- ¡Mamá!
Se vuelve. Su hijo la llama con una voz amortiguada. Ella sonríe. Él la llama con la mano y comienza a correr por el pasillo de luz. Le sigue. Corre. Llamándole, llamándole sin cesar. Hasta que le ve quieto, esperándola al final.
Tiene el brazo extendido y una sonrisa en los labios. Ella le mira sin saber qué decir. Él sigue sonriendo y asiente. Sigue la dirección del brazo con la mirada. Es una casa vieja, en medio en la linde de bosque viejo.
- ¿Tengo que ir allí?
Él asiente.
- ¿Cómo?
La tiende un bollo de pan. Ella lo parte y cruje en sus manos. Dentro algo brilla. Sus dedos se deslizan entre la miga esponjosa y lo coge. Y lo ve al alzarlo a la altura de los ojos. El anillo de oro.
Y sólo queda un aleteo junto a su oído.

lunes, 25 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXII

La anciana tapó el espejo con cuidado, cubriéndolo con una manta vieja.
- Bien. Esto es mucho mejor de lo que yo esperaba. Está bien.
La anciana atravesó la pequeña salita que era su casa y cogió un farol que colgaba de un gancho junto a la puerta.
- Ahora tendré que traerla aquí.
Se echó un enorme chal por encima y salió fuera.
- Pero eso será aún más fácil.
La brisa revolvió su pelo quebradizo y ceniciento. Llevándose consigo las primeras hojas de otoño. La luz tenue del farol iluminaba la entrada al bosque. Oscuro, denso, terrible. La anciana sonrió.
- Ya es hora de cobrarse algunas viejas deudas.

domingo, 24 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XXI

Isabel esperó en la puerta del bar hasta que su hermana llegó con el coche. Se subió y suspiró llevándose una mano a la frente.
- ¿Cómo has terminado aquí?
- No lo sé. Debí de equivocarme de autobús.
María asintió.
- Deberías de descansar un poco Isabel, no puedes seguir a este ritmo, día tras día.
- Lo sé.
El resto del viaje lo hicieron en silencio. Con la radio apagada y sólo acompañadas por el ruido de las calles al pasar. Cuando llegaron a casa bajaron del coche y un pequeño ruido tintineó en la acera.
Isabel se volvió para ver a su hermana recoger algo del suelo.
- Isabel se te ha caído esto.
Era un pequeño anillo de oro.
- No es mío.
María lo giró entre sus dedos.
- Lleva tu nombre.
Isabel la miró extrañada y cogió el anillo. Y volteándolo en sus dedos vio su nombre escrito. Isabel Hinojosa. Aquello no tenía el menor sentido.
- Es bonito. Quédatelo.

sábado, 23 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XX

Isabel atravesó el bar lleno de humo, y resobante de un olor penetrante a sudor y alcohol.
Se apoyó en la barra, dejando el taco de carteles a su lado, y llamó al camerero. La miró por un segundo y después siguió hablando con un hombre de pelo canoso sin hacerla el menor caso. Isabel esperó escrutando el bar con la mirada. Junto a ella había una mujer vestida de negro que miraba fijamente el taco de carteles. Isabel se sobresaltó al darse cuenta.
- ¿Le conoce? ¿Le ha visto?
La mujer de negro la miró con ojos acuosos, tristes. Y tras un instante negó suavemente con la cabeza. Y miró a otro lado. Isabel estuvo a punto de deir algo más, pero en ese momento la atendió el camarero.
- Diga.
La voz sonó áspera, desagradable.
- Necesitaría usar el teléfono.
El hombre hizo una seña desdeñosa con el mentón y dijo con la misma voz áspera:
- Allí.
Isabel se volvió chocando sin querer con la mujer de negro. Se disculpó, la mujer asintió a modo de disculpa y cada una siguió su camino.

viernes, 22 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XIX

Isabel salió de casa a la misma hora que llevaba saliendo los últimos días. Bajó la calle con el taco de carteles con la cara de su hijo, y esperó al mismo autobús que llevaba esperando todos esos días. Se subió y por un instante no pensó más en ello. Hasta que el autobús giró donde no tenía que girar y siguió una dirección que no debería de haber seguido. Fue entonces cuando fue consciente de que aquél no era su autobús y de que no sabía adónde iba. Trató de parar el autobús pulsando el botón de parada, pero no funcionó y el autobús siguió su camino. Sin ninguna otra parada por un buen rato. Hasta que marcó el final del trayecto y las pocas personas que iban en él bajaron. E Isabel se encontró sola en medio de un lugar que nunca había visto. Sólo unas cuantas casas destartaladas y un bar de mala muerte en medio de la nada.
Isabel se asió con fuerza al taco de carteles y entró en el bar.
Y durante un instante aquel botón, que no era un botón, sino el ojo de un ser inerte, destelló.

jueves, 21 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XVIII

Durante dos o tres días todo siguió igual. Las tardes se suceedieron en aquel silencio que atosigaba el alma llenándolo todo. Con aquellas dos mujeres con el corazón abatido y los pies cansados de tanto buscar. Y con la esperanza consumiéndose como una vela minúscula en medio de la oscuridad.

En medio de aquella noche hubo un destello.

- ¿Lo has visto?
- ¿El qué?
Las dos figuras se movieron entre las hierbas de la maceta. Habrían sido difíciles de distinguir entre ellas sino hubiesen hablado.
- Allí. Mira. Otra vez.
- ¿Es el botón?
- Sí, sí es el botón.
- ¿Y eso que quiere decir exactamente?
- No lo sé. Pero supongo que pronto lo sabremos.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XVII

La mujer salió de entre los pasillos de zarzas. Caminó dejando atrás el laberinto de espino, atravesando los jardines de rosas negras y carmesí. Con su voz cantando un nana por lo bajo, susurrando de forma leve.

Ven conmigo, mi niño.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a dormir
a la tierra que te verá morir.

Sus labios dibujaron una sonrisa. Amarga, triste, pero embriagadora. Él estaba allí.
- Ahora eres libre. ¿Cumplirás con tu palabra?
- Sí. No traeré a nadie aquí nunca. Ni de acción o palabra le indicaré el camino a través del laberinto.
- Ni buscarás a nadie que quiera caminarlo.
- Ni lo buscaré ni lo guiaré en caso de que sea él quien me encuentre.
- Ahora eres libre.
Ella asintió y dejó al niño a los pies de aquel hombre.
- Si así lo deseas quédate aquí por esta noche. Pero parte antes de que se oculte el lucero del alba.

martes, 19 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XVI

María dormía acurrucada bajo una manta en el salón. Algo se movió en la oscuridad. Correteó por la alfombra y se aupó hasta uno de los sillones.
- No podemos pasarnos la vida así.
- No seas tan gruñón. Una vez hagamos esto todo marchará solo.
- ¿Lo metemos en un bolsillo?
- No. Tenemos que asegurarnos que mañana lo lleva consigo.
- Vale, espera.
Una de las dos figuras saltó del sillón y correteó hasta el otro lado del salón, perdiendose entre las sombras. María se revolvió en el sofá. Al cabo de un rato la figurilla volvió. Traía una aguja casi tan grande como uno de sus brazos y una hebra de hilo.
- No dijo la vieja que parecía un botón.
Al otro hombrecillo se le iluminó la cara con una enorme sonrisa.

lunes, 18 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XV

El niño miraba con ojos alegres desde la foto. Con el pelo revuelto y una sonrisa inocente. Debajo había un nombre y una cúplica de ayuda: "Si alguien lo havisto, por favor que nos ayude" y un número de teléfono. El viento lo golpeaba tratándolo de arrancar del poste.
No había nadie en la calle y la tarde se fue apagando poco a poco. Con el cielo gris llenándose de nubes. Y haciéndose más y más fría y oscura.
Entraron en la casa. No encendieron las luces de la entrada y caminaron hasta el salón. Isabel se dejó caer en uno de los sillones. María se quedó de pie en el umbral de la puerta, sin saber qué decir.
- Si está ahí fuera le encontrarán, le encontraremos. La policía, nosotras. Esté donde esté, Isabel vamos a encontrarlo.
La miró con los ojos vacíos. Sin poder llorar.
- Tal vez no esté en ninguna parte.
Se mordió el labio. Queriendo llorar. Su hermana negó con la cabeza.
- Le encontraremos. Dónde esté. Y le traeremos de vuelta.
Isabel asintió.
- Le traeré de vuelta, como sea.

domingo, 17 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XIV

La puerta se abrió un chico joven de uniforme entro con una carpeta llena de papeles.
- Adrián dime que son buena noticias.
- Lo siento, inspector. Las cámaras de la gasolinera tampoco captaron a nadie.
Él suspira.
- Es absurdo. Ese niño no puede haberse volatilizado.
Adrián se encogió de hombros.
- Tal vez fue la madre.
- No había nada en la casa. La pusimos patas arriba de cabo a rabo.
Cogió la carpeta de papeles de las manos del otro policía y comienza a ojear los papeles.
- Son los informes sobre las declaraciones de los vecinos.
- Nadie vio nada, ni oyó nada. Todo el mundo estuvo en casa pronto y nadie pisó la calle en toda la noche.
Levanta la vista y mira al policía
- Y ninguna cámara captó a nadie en toda la noche. Ni la del cajero, ni la de la gasolinera, ni las de las tiendas. Ni ninguna. ¡Es como si el mundo entero se hubiese puesto de acuerdo para que no ocurriese absolutamente nada en toda esa calle durante toda la puta noche!
Tiró la carpeta contra el escritorio. Y se cogió la frente con las manos.
- Inspector. No se atosigue. Muchos de estos casos no se resuelven nunca. Nadie le presiona.
- Hay un niño ahí fuera desaparecido. No hace falta que nadie me presione.
- Marcos. Te conozco desde que entramos al cuerpo. No durarás mucho si sigues tomándotelo todo así.
- Adrián me han destinado a un departamento al que nadie tiene en cuenta. A investigar los casos que nadie quiere, en la peor comisaría de la ciudad. Sinceramente, no creo que vaya a llegar muy lejos. Preocuparme por hacer un buen trabajo es lo único que me queda.
El otro policía asintió y se dirigió a la puerta.
- Solo espero que no se queme demasiado pronto inspector.
Cerró la puerta al salir mientras el inspector se quedó allí sentado pensando en qué era lo que se le escapaba de todo aquello.

sábado, 16 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XIII

La anciana giró aquella cosa negra entre sus dedos.
- ¿Qué es exacatamente esto? ¿Un botón? Os pedí algo de gran valor para el chico.
- Y lo es.
- No podíamos traer a su osito. Era demasiado grande.
- Pero sí que podíamos traer uno de los ojos del osito.
La anciana los miró. Uno sonreía de forma autocomplaciente, el otro de forma ingenua.
- Vaya, al final no vais a ser tan tontos como parecíais.
Uno de aquellos pequeños hombrecillos enarcó una ceja con cierto aire de incredulidad.

viernes, 15 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XII

- No aún nada... No, gracias... No, no te preocupes... Todo lo bien que puede estar... No, gracias a tí.
Isabel la miraba desde el quicio de la puerta.
- ¿Quién era?
- La prima Rosa. Quería saber si ya sabíamos algo y qué tal estabas.
Isabel asintió, cansada, incapaz de mucho más.
- ¿Qué tal estas?
- Todo lo bien que se puede estar, supongo.
Asintió. La comprendía.
- Me ustaría salir a pegar algunos carteles por si alguien le ha visto María.
- De acuerdo. Iré preparando el desayuno.
Salió por la puerta dejando a su hermana sola en el salón.
La luz fue llenando poco a poco la habitación, como si se fuera derramando por toda ella. Y allí de pie tuvo la sensación de que había algo que debía de recordar, algo que se había ido desvaneciendo con el amanecer. Y entonces, estando allí de pie se sintió más sola de lo que se había sentido nunca.

jueves, 14 de febrero de 2008

Come away with me - Parte XI

Fuera comenzaba a amanecer. La luz empezó a verterse por la habitación vacía. Los dos hombrecillos se deslizaron por las sábanas hasta el suelo. Uno de ellos recorrió la habiatción con la vista y después echó a correr. El otro le siguió hasta el otro extremo de la habitación.
- No podemos llevarnos eso.
- Tenemos que llevárnoslo.
- Es físicamente imposible que nos lo podamos llevar.
- Eso lo dices porque no confías en Irina.
- Lo digo porque es imposible que podamos sacarlo por la ventana y que nadie se de cuenta. El que no confíe en ella es cosa aparte.
El primero de los hombrecillos resopló resignado. Un teléfono sonó a lo lejos. Los dos se miraron preocupados. El segundo de ellos habló apurado.
- Venga. Démonos prisa, tengo una idea.

miércoles, 13 de febrero de 2008

Come away with me - Parte X

Una voz sonó entre las sombras. Recorriendo los pasillos entre los setos de zarzas y espinas.
La sombra avanzaba sin emitir ningún sonido. Sólo acompañada por el sonido suave de su voz.
A su alrededor el negro parecía más intenso. La oscuridad más profunda.
Siguió avanzando, como deslizándose entre las ramas curvadas y retorcidas y los matorrales de afiladas espinas. Olía a sangre. Y a penumbra. Y a lágrimas.

Ella continuó deslizándose, sólo acompañada de su triste. Meciendo al niño en sus brazos. Arrullándolo mientras dormía.

Ven conmigo, mi niño.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a llorar
los sueños que no se cumplirán.

martes, 12 de febrero de 2008

Come away with me - Parte IX

El hombre sonreía mientras las miraba.
- Claro que sí. Tengo cualquier cosa que necesitéis. Sangre de virgen, esencia de promesas rotas, e incluso creo que tengo algunas flores del paraíso en algún sitio...
Uno de los hombrecillos negó con la cabeza.
- No. Nosotros lo que necesitamos es un salvaconducto.
Al anciano se le iluminó el ojo. Y una sonrisa estúpida y grotesca se le dibujó en la cara. Su voz sonó incrédula e infantil.
- ¿Qué?
El mismo hombrecillo volvió a asentir mientras su compañero le miraba de forma compasiva.
- Un salvaconducto.
- ¿Estáis seguros?
- Sí.
El hombre comenzó a revolver entre todas las cosas que colgaban revoloteando alrededor de su puesto
- Bueno, eso es algo muy caro. ¿Seguro que podéis pagarlo?
Los dos hombrecillos se miraron. El más reacio de ellos enarcó una ceja.
- ¡Oh! Claro que podréis pagarlo.
La sonrisa del hombre pasó de ser inquietante a amenazante. Los dos hombrecillos parecían aterrados.
- Por supuesto que no pueden.
La voz sonó quebrada a sus espaldas. El anciano levantó la vista. Al lado de su tenderete estaba una vieja encorvada, con el pelo desgreñado y la cara llenas de arrugas finas que la tapaban los ojos grises. Sonrió con cierta gracia.
- Esto no es asunto tuyo vieja bruja. Son clientes míos.
La voz del hombre sonó con desprecio.
- No. No lo son. A menos que hayáis cerrado ya algún trato chicos.
Miró a los dos hombrecillos. Ellos negaron con la cabeza.
- Entonces será mejor que sepáis que los precios de John el Desalmado suelen ser demasiado altos, y que sus productos tienen la mala costumbre de dejarle a uno tirado en el peor momento.
El hombre se mordió el labio, y respondió con voz profunda, hueca.
- Eso no es cierto.
- ¡Oh! - La mujer alzo la voz hasta que casi pudo oírsela en todas las esquinas del mercado. - Aún tengo esas marcas en mi trasero por cualpa del último carbón de Cornualles. Por no hablar de tus doblones del Rey Salomón...
El hombre contuvo la respiración, poniéndose cada vez más rojo, hasta parecer estar a punto de estallar. Por un segundo pareció que el parche estaba a punto de saltarle del ojo.
- Pero eso no es a lo que vengo ahora. - La voz de la mujer volvió a sonar cascada y amable. - Venía a haceros una oferta que tal vez os interese.
El hombre se quedó gélido.
- Son mis clientes.
Habló entre dientes, indignado.
- Eso lo decidirán ellos.
La vieja volvió a sonreír. Los hombrecillos la miraron, miraron al hombre y la volvieron a mirar, el que había hablado hasta ahora asintió con cierta efusividad, el otro se encogió de hombros. La vieja les tendió una cesta de miembre y ambos saltaron desde una pila de libros viejos a ella. Ninguno de los dos levantaba más de medio palmo.

lunes, 11 de febrero de 2008

Come away with me - Parte VIII

Tras la luz había una aire cargado de olores. A almizcle e incienso, a pachulí y mirra. La mujer de rojo se perdió entre la gente, qe iba y venía entre los tenderetes y puestecillos. Eran hombres y mujeres extraños, hermosos y grotescos. Había algunos que parecían gigantes de rostros rudos y brazos enormes, otros parecían famélicos espectros de dedos huesudos como ramitas quebradas. Y todos ellos desprendían ese aura de inquietud y misterio.

El mercado no siempre estaba allí. O no estaba allí para todos. Era necesario saber que estaba ahí para poder encontrarlo. Para poder descubrir todos sus pequeños recodos y secretos. Y aquí y allá había viejas brujas leyendo la fortuna o hablando con ancestros y espíritus, mercaderes que comerciaban con lágrimas y risas, a cambio de deseos y venganzas. Amén de las mercancías más banales, como la piel y la carne de exóticos animales, los libros de saberes ya olvidados o las promesas incumplidas que buscan compensación.
Hay miles de historia spor contar en un mercado como este, aún por pequeño que sea, pero a nosotros sólo nos interesa una.
La de dos pequeñas criaturas que ahora mismo conversaban con un anciano de un solo ojo.

domingo, 10 de febrero de 2008

Come away with me - Parte VII

Vestía de rojo y llevaba un paraguas púrpura que se confundía con las cortinas de lluvia que llenaban la ciudad. Salió por la boca de metro y miró al cielo gris plomizo por un instante, sonrió y siguió caminando calle abajo. Sus pasos resonaban entre el repicar acuoso que lo inundaba todo.
Descendió a lo largo de una calle estrecha y vacía. Torciendo a cada esquina. Con un paso incesante y cadente. Como si disfrutase del paseo. Como si hablase con la piedra del suelo a cada paso. Como si la piedra disfrutase de que caminase sobre ella.
Siguió doblando cada esquina entre los callejones estrechos hasta llegar a una puerta vieja, de madera robusta y oscura. Llamó al con la aldaba de bronce tres veces y esperó bajo la lluvia.
A lo lejos se escucharon los pasos amortiguados por el sonido del agua al caer. Después chascaron tres pestillos y la puerta se abrió. Al otro lado había un hombre enorme e igual de fuerte que la puerta. Sus ojos eran dos pozos negros y su piel era de un blanco azulado. Inclinó ligeramente la cabeza a modo de respetuoso saludo y dejó pasar a la dama. Después se asomó a la calle y miró a ambos lados. Tras eso cerró la puerta con un golpe seco.
Al otro lado la silueta de la mujer caminando por un pasillo oscuro se recortó contra la luz blanca del final del túnel.

sábado, 9 de febrero de 2008

Come away with me - Parte VI

Algo se movió entre la oscuridad de la noche. El sonido de unos pequeños pasos amortiguados fue acompañado por un siseo bajo, y después por silencio. Algo se abrió paso entre la hierba del macetero. Lanzó una cuerdecita fina, casi un puñado de hilos atados e hizo una seña a alguien tras él. Después se deslizó por la cuerda y su compañero le siguió.
Una vez que estuvieron los dos en el suelo miraron por un instante hacia arriba.
- No deberíamos de hacer esto.
- Hicimos un pacto.
El otro pareció refunfuñar, pero asintió. Acto seguido las dos extrañas figuras se perdieron entre las sombras de la noche.

viernes, 8 de febrero de 2008

Come away with me - Parte V

Aquella oscuridad estaba llena de un tacto húmedo, y de una cierta angustia. Isabel sentía que no podría seguri corriendo así por mucho. Aquel lugar le era familiar, entre todas las hojas y plantas del bosque. En ese bosque. Y, por un segundo, todo aquello fue más que familiar. Y comenzó a recordar...

Fue cuando no era más que una niña

- ¡Isabel!

Hace mucho tiempo. Tanto, que ya no recuerdo que edad tenía. Sólo recuerdo que corrí. Como nunca lo había hecho en mi vida.
Y entonces…

Lo encontré.

- Me alegro de verte de nuevo Isabel.

Estaba allí. En medio del Bosque. Esperándome con sus ojos resplandecientes.

-
¿Ocurre algo malo?

Con su actitud arrogante. Era tan irresistible.

- Mamá está enfadada. No la gusta que venga al bosque.

Me prometió cientos de sueños.

- ¿Por qué? ¿No quiere que juguemos?

Todo un mundo de maravillas

- No la gusta que juegue con desconocidos.

Parecía tan inocente. Que sólo pude creerle.

- Lo siento.

Me miró a los ojos.

- Pero yo no soy un desconocido. Soy tu amigo.
- Ni siquiera sé tu nombre.

Me prometió el mundo entero.

- ¿Es eso todo lo que quieres? ¿Mi nombre?

Y me mintió.

jueves, 7 de febrero de 2008

Come away with me - Parte IV

A media tarde la puerta de la casa se abrió y entro una mujer un poco más joven que Isabel. Ambas se abrazaron y lloraron. Después trataron de calmarse y la mujer consoló a su hermana como mejor pudo. Tomaron una tila y hablaron toda la tarde. Cuando comenzó a oscurecer hizo que Isabel se acostase porque necesitaba descansar. Y ella se quedó en el salón haciendo como que dormía, pero velando toda la noche. Velando como sólo saben hacerlo las mujeres, con el corazón en un puño y el alma en vilo. Rezando y suplicando porque dondequiera que estuviese su sobrino volviese pronto y estuviese bien.

Isabel por su parte trató de dormir. Revolviéndose una y otra vez en su cama. Cayendo poco a poco a través de las sábanas en aquel agujero oscuro y negro que era su sueño.

Primero vio un pasillo largo por el que su hijo corría vestido con su pijama amarillo de ositos y arrastrando su viejo oso de peluche junto a él. Ella corrió tratando de alcanzarle, pero al final el pasillo se estrechaba más y más y sólo había oscuridad. Y al final, al final del todo, una puerta minúscula y tras ella un cuarto enorme. El cuarto de su hijo, pero ya no parecía el cuarto de su hijo. Todo estaba demasiado revuelto, demasiado vacío. Y había policías por todas partes que no hacían nada más que apuntarlo todo en sus libretas. Y el oso de peluche de su hijo estaba sobre la cama y le faltaba un ojo. Pero Daniel no estaba en ninguna parte. Y ella sólo quería coger su oso de peluche y buscar el ojo que le faltaba para que estuviese bien cuando su hijo volviese, pero cuando se acercaba a la cama esta se alejaba y al tratar de volver a acercarse se alejaba más y más. Y al final terminó corriendo hacia un punto blanquecino que se desvanecía en el horizonte. Y luego ya solo corría, hasta que todo fue negro.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Come away with me - Parte III

Las dos voces sonaron bajas, como susurros a la luz fatua de la ventana.
- Deberíamos hacer algo.
- No es asunto nuestro.
- Lo es. Hicimos un pacto.
- Con ella, no con él.
- Ella está preocupada.
- Él no es asunto nuestro.
- Ella podría reclamar el pacto.
- Ella no se acuerda de nada.
- Pero cumple su parte. Y nunca falta a su palabra.
- No es asunto nuestro.
- ...
Después hubo un corto silencio incómodo.
- Sé que me arrepentiré de esto.
- Sabes que tenemos que hacerlo.
- Al menos déjame pensarlo antes.
Las luces se apagaron y algo movió las plantas a este lado de la ventana.

martes, 5 de febrero de 2008

Come away with me - Parte II

Los escalones parecen vacíos. El tiempo está como suspendido, como si pasase de puntilla junto a mí. Los policías suben y bajan, paseándose por toda la casa. Y yo sigo mirando a los escalones vacíos. Que ascienden hasta la habitación vacía. Y siento un escalofrío en medio de todo este tiempo lento, suspendido.
Él está hablando frente a mí. Y por primera vez me doy cuenta. Mueve los labios, pero soy incapaz de oírle, sólo puedo pensar en esa habitación vacía. Y nada más entra en mi cabeza. Pero trató de hacer un esfuerzo y despertar.

- Señora Hinojosa. ¿Su ex-marido tiene llaves de la casa?
Tomo aire. Y lo dejo escapar.
- No estoy divorciada. Abraham, mi esposo, murió hace dos años.
Él pone la mejor cara que puede para tratar de enmendar su error. Es un chico joven. No parece tener mala inención, pero tampoco aparenta saber demasiado bien lo que hace. Niego con la cabeza y una sonrisa lánguida. Mi ojos están llorosos.
- No se preocupe. Ahora lo importante es encontrar a mi hijo.
Él asiente. Medio avergonzado. Medio convencido.
- Entonces ¿nadie tenía llaves de la casa?
Niego. Y continúo contestando a todas sus preguntas. Una por una. Sin poder quitarme de la cabeza esa habitación vacía. Las sábanas frías. Y sólo puedo pensar que los policías revolverán sus juguetes y que espero que esté donde esté lleve algo de ropa aparte de ese pijama de ositos que nunca le gustó. Y que anoche discutí con él porque no quería tomarse la cena. Y rompería a llorar.
Rompería a llorar sino fuese porque el inspector que tengo delante no deja de hacerme preguntas. Y, tal vez, alguna de ellas sirva para encontrarlo. Porque no puedo seguir soportando la imagen de esa cama vacía. No puedo soportar la idea de que no esté. No puedo soportarla otra vez.

lunes, 4 de febrero de 2008

Come away with me - Parte I

No era una noche demasiado oscura. Ni tormentosa. Hacía ese frío del Mes de Mayo, que empapa los huesos y te hace tiritar bajo las sábanas. Y el viento susurraba melodías suaves entre las ramas de los árboles.

La habitación estaba a oscuras. La Luna se desdibujaba entre los retazos de nubes. Recortándose en el cristal de la ventana. La oscuridad se hizo más profunda, más pesada. Y en el centro de aquel pequeño mundo negro, estaba él. Ajeno a ese mar de penumbras. Acurrucado entre las mantas.

Una voz comenzó a deslizarse lentamente a lo largo de la cama. Era como el sonido de una brisa. Olía a polvo, y a vejez. La sombra de sus manos fue ascendiendo, remontando cada pliegue de sus sábanas mientras cantaba, como en un susurro. Acercándose a él, hasta dejar sus labios junto a su oído. Exhalando una sonrisa, como un suspiro.

Ven conmigo, mi niño.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a una tierra
donde el amanecer nunca llega.

domingo, 3 de febrero de 2008

Somewhere over the Rainbow

Esta es la historia de una ciudad que podría ser cualquiera. Es la historia de muchas ciudades, y cualquiera de ellas podría ser la tuya.

Esta es una historia que podría ser muchas historias. Es un cuento de mil cuentos. Y todos ellos hablan de lo que hay más allá. En algún lugar, cuando cierras los ojos, y no quieres mirar.

Un lugar donde, tal vez, los sueños que no te atreves a soñar, se vuelven realidad.