Los escalones parecen vacíos. El tiempo está como suspendido, como si pasase de puntilla junto a mí. Los policías suben y bajan, paseándose por toda la casa. Y yo sigo mirando a los escalones vacíos. Que ascienden hasta la habitación vacía. Y siento un escalofrío en medio de todo este tiempo lento, suspendido.
Él está hablando frente a mí. Y por primera vez me doy cuenta. Mueve los labios, pero soy incapaz de oírle, sólo puedo pensar en esa habitación vacía. Y nada más entra en mi cabeza. Pero trató de hacer un esfuerzo y despertar.
- Señora Hinojosa. ¿Su ex-marido tiene llaves de la casa?
Tomo aire. Y lo dejo escapar.
- No estoy divorciada. Abraham, mi esposo, murió hace dos años.
Él pone la mejor cara que puede para tratar de enmendar su error. Es un chico joven. No parece tener mala inención, pero tampoco aparenta saber demasiado bien lo que hace. Niego con la cabeza y una sonrisa lánguida. Mi ojos están llorosos.
- No se preocupe. Ahora lo importante es encontrar a mi hijo.
Él asiente. Medio avergonzado. Medio convencido.
- Entonces ¿nadie tenía llaves de la casa?
Niego. Y continúo contestando a todas sus preguntas. Una por una. Sin poder quitarme de la cabeza esa habitación vacía. Las sábanas frías. Y sólo puedo pensar que los policías revolverán sus juguetes y que espero que esté donde esté lleve algo de ropa aparte de ese pijama de ositos que nunca le gustó. Y que anoche discutí con él porque no quería tomarse la cena. Y rompería a llorar.
Rompería a llorar sino fuese porque el inspector que tengo delante no deja de hacerme preguntas. Y, tal vez, alguna de ellas sirva para encontrarlo. Porque no puedo seguir soportando la imagen de esa cama vacía. No puedo soportar la idea de que no esté. No puedo soportarla otra vez.
Él está hablando frente a mí. Y por primera vez me doy cuenta. Mueve los labios, pero soy incapaz de oírle, sólo puedo pensar en esa habitación vacía. Y nada más entra en mi cabeza. Pero trató de hacer un esfuerzo y despertar.
- Señora Hinojosa. ¿Su ex-marido tiene llaves de la casa?
Tomo aire. Y lo dejo escapar.
- No estoy divorciada. Abraham, mi esposo, murió hace dos años.
Él pone la mejor cara que puede para tratar de enmendar su error. Es un chico joven. No parece tener mala inención, pero tampoco aparenta saber demasiado bien lo que hace. Niego con la cabeza y una sonrisa lánguida. Mi ojos están llorosos.
- No se preocupe. Ahora lo importante es encontrar a mi hijo.
Él asiente. Medio avergonzado. Medio convencido.
- Entonces ¿nadie tenía llaves de la casa?
Niego. Y continúo contestando a todas sus preguntas. Una por una. Sin poder quitarme de la cabeza esa habitación vacía. Las sábanas frías. Y sólo puedo pensar que los policías revolverán sus juguetes y que espero que esté donde esté lleve algo de ropa aparte de ese pijama de ositos que nunca le gustó. Y que anoche discutí con él porque no quería tomarse la cena. Y rompería a llorar.
Rompería a llorar sino fuese porque el inspector que tengo delante no deja de hacerme preguntas. Y, tal vez, alguna de ellas sirva para encontrarlo. Porque no puedo seguir soportando la imagen de esa cama vacía. No puedo soportar la idea de que no esté. No puedo soportarla otra vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario