miércoles 30 de abril de 2008

Storm

Estaba sentada en el escalón de la entrada. Las nubes cubrían el cielo. Y el viento lo llenó todo. Pronto estarían bailando.

Cuando la tormenta estalló las demás acudieron. Formaron el círculo y gritaron sus nombres y títulos. Y la tormenta estalló.
Su risa era como los truenos, su voz un vendaval.

Aquella noche los fuegos ardieron y ninguna puerta se abrió de nuevo hasta la madrugada.

No danzaron.
No cantaron.
Sólo fueron la lluvia y los truenos.
Sólo fueron el agua, el viento y el fuego.

Ellas fueron la tormenta.
Y así como vinieron, se fueron.

jueves 20 de marzo de 2008

In the Deep - Parte III

Cuando desperté el Sol comenzaba a colarse tenuemente en mi habiatación y el otro lado de la cama estaba vacío. Mi cuerpo estaba frío y empapado en sudor. Quité las sábanas blancas y las eché a lavar. Después me metí en la ducha. El agua estaba helada. Recuerdo que cerré los ojos y la dejé caer a chorro sobre mi cuerpo. Al poco comencé a tiritar. Me senté en el plato de la ducha y rompí a llorar. Debí de estar así unos veinte minutos. Nunca me había sentido así. Tan lleno, y tan vacío a la vez. Sólo sé que quería llorar. Nada más.

Han pasado unos tres años desde entonces. Ya casi no recuerdo su cara. Pero aún oigo su risa cuando cierro los ojos y comienzo a dormirme. Y aún siento el sabor de si piel ácida algunas mañanas justo antes de despertarme y ser consciente de que sigo en este mundo.
Y la echo de menos. La echo de menos de una forma que no alcanzo a comprender. Porque a la vez siento que nunca ha estado aquí. Y que nunca se ha marchado.

Desde aquel día no he parado de escribir. El bloqueo se marchó y no ha vuelto. No sé si sería algo que trajo con ella. O algo que se llevó.
O si fue lo que dijo, mentras dormíamos, bajito en mi oído.
Como un susurro. Como un regalo. Como algo que dejó dentro de mí. Y que por mucho que pase el tiempo no va a marcharse nunca.

martes 18 de marzo de 2008

In the Deep - Parte II

Entramos en casa. Recuerdo que fuera estaba lloviendo y que cuando llegamos estábamos empapados. Nos quitamos la ropa mojada lentamente. Recuerdo sus manos ascendiendo por mi costado llevándose una camiseta sucia con ellas. El tacto de su piel húmeda cuando descendí por su vientre hasta atreverme a bajar sus bragas blanca. Y su risa. Cuando volvió a reír como si todo aquello no fuese más que un juego. Reía muchísimo.
Y nos besamos de nuevo. Aprentando nuestros cuerpos empapados.
Nos tiramos sobre la cama y recorrí su cuerpo con mi boca. Su pecho, su vientre. Aún recuerdo el sabor de su piel, ácida, suave y ácida, junto con el de aquella agua de lluvia. Se mordía el labio inferior de placer. Y gimió, suspiró cuando la penetré.
Aún hoy lo recuerdo como un sueño extraño. Con una mezcla del sabor de sus labios y el brillo de sus ojos oscuros. Y el tacto de su piel y la cascada de su pelo castaño.
Lo hicimos una y otra vez hasta agotarnos. Y recuerdo que cuando estaba a punto de quedarme dormido me susurró algo. Dijo algo por lo bajo a mi oído. Y soñé toda la noche con su cuerpo perfecto bajo aquel vestido blanco de gasa bailando en el viento. Y su risa, el eco continuo de su risa llenando el mundo.

domingo 16 de marzo de 2008

In the Deep - Parte I

Allí estaba yo. En medio de toda aquella gente a la que no conocía lo más mínimo. En un sitio en el que no quería estar. Aguantando una conversación sobre algo que no recuerdo y que no me interesaba lo más mínimo. Algún amigo, ya no recuerdo quién, me había arrastrado hasta allí. Llevaba semanas encerrado en casa con un bloqueo completo. "Necesitas salir", me había dicho "Además así yo no iré solo", continuó.
Así que estaba allí, en medio de una fiesta sin conocer a nadie, nada más que al alguien que no podía encontrar. Apoyado en la pared con una cerveza en la mano, pensando en mis miserias o tal vez tratando de dar con alguna idea que escribir, cuando la vi.
Lo primero que me sorprendió fue que me estaba mirando. Estaba entre un grupo de gente. Algunos hablaban. Algunos reían. Pero ella estaba como ausente. Con la mirada como perdida, pero fija en mí. Llevaba un vestido blanco y suelto, que jugaba con sus formas curvadas. Es posible que alguien hubiese dicho que resplandecía. No es cierto. Era el resto del mundo que se apagaba a su alrededor. Debió de ver que la estaba mirando. Porque me sonrió. Me sonrió sobre todo con sus ojos verde oscuro. Iguales que las hojas de un rosal. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.
Caminaba con un movimiento lento. No se contoneaba demasiado, pero era como si todo su cuerpo siguiese un baile lento, a un ritmo completamente distinto del de la estruendosa música que no paraba de sonar. Yo no paraba de preguntarme porqué se había fijado en mí. Desde luego no era ni de lejos la persona más atractiva de la fiesta. Y estaba muy lejos de ser el más divertido en aquellos momentos. Pero la seguí. No dejé de seguirla ni por un momento.
Salió a un balcón y me esperó apoyada en la barandilla.
- Te estaba esperando. - Y dijo mi nombre. Lo dijo como quien conoce a alguien de toda la vida. Y me pareció lo más normal del mundo.
- ¿Te conozco?
Ella rió. Con una risa que me sonó a la de un niño. Y después me acarició por detrás de la oreja.
- De toda la vida. Me conoces de toda la vida.
Y me besó. Y fue como si aquel beso fuese el primero y el último de toda mi vida.

sábado 15 de marzo de 2008

Come away with me - Epílogo

Isabel cogió a su hijo de la mano y se dio la vuelta. Según andaban los pocos rasgos animales de Daniel se fueron atenuando, haciéndose más humanos. Hasta desaparecer.
- ¿Pueden venir mis amigos conmigo mamá?
Ella miró alrededor y vio a todos aquellos animales-niños que los observaban con pavor. Y supo que el mundo ya no era lugar para ellos. Que nunca podrían volver. Y que de hacerlo, sólo sería peor.
- No hijo.
El pareció entristecerse. Ella se puso de cuclillas junto a él, y le acarició la barbilla mirándole a los ojos por un instante.
Entonces le besó la frente.
- Venga. Tu tía debe de estarnos esperando.
Caminaron hacia la entrada del laberinto y el mundo entero pareció llenarse de luz.

viernes 14 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XL

Sonrió. Con una sonrisa que podría haber llenado un mundo.
- Fue un regalo.
Él estaba aterrorizado. Toda su belleza se volvió terrible. Su voz sonaba como el silbido de la serpiente.
- Márchate.
- No. No sin él.
El cielo pareció oscurecerse. El aire se hizo más denso. Y él pareció crecer. Sus rasgos se desdibujaron. Y por un segundo pareció un niño. Un animal.
- Este es mi reino. Márchate. No hay nada que puedas hacer.
- Sí.
Sentí la conjoga de lo que iba a decir. Como si un frío espeso se pegase a mi piel.
- Hay algo que puedo hacer. Sé tu nombre.
Y entonces su cara se desencajó.
- No puedes saberlo.
- Lo recuerdo. Lo recuerdo de cuando era una niña.
Y su voz fue una súplica. Sus ojos eran acuosos y asustadizos. Y su voz un susurro.
- Márchate y llévatelo contigo.

jueves 13 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIX

Entonces lo recordó. Como algo extraño, fugaz. Visto por el rabillo del ojo. Recordó al camarero de aquel bar alejado del resto de la ciudad. Y a aquella mujer de negro que había mirado la foto de su hijo fijamente, con sus ojos acuosos. Recordó como hablaba con el camarero mientras la mujer se miraba la mano izquierda y empujándolo con el pulgar se desprendía de un anillo de oro. Recordó como se chocó con ella y algo se deslizó de sus manos a su bolsillo. Y como cada una siguió su camino.
Entonces no la había visto hacerlo, pero ahora tenía la certeza.
Y supo que había sido un regalo.
Y no pudo menos que estar agradecida.