Allí estaba yo. En medio de toda aquella gente a la que no conocía lo más mínimo. En un sitio en el que no quería estar. Aguantando una conversación sobre algo que no recuerdo y que no me interesaba lo más mínimo. Algún amigo, ya no recuerdo quién, me había arrastrado hasta allí. Llevaba semanas encerrado en casa con un bloqueo completo. "Necesitas salir", me había dicho "Además así yo no iré solo", continuó.
Así que estaba allí, en medio de una fiesta sin conocer a nadie, nada más que al alguien que no podía encontrar. Apoyado en la pared con una cerveza en la mano, pensando en mis miserias o tal vez tratando de dar con alguna idea que escribir, cuando la vi.
Lo primero que me sorprendió fue que me estaba mirando. Estaba entre un grupo de gente. Algunos hablaban. Algunos reían. Pero ella estaba como ausente. Con la mirada como perdida, pero fija en mí. Llevaba un vestido blanco y suelto, que jugaba con sus formas curvadas. Es posible que alguien hubiese dicho que resplandecía. No es cierto. Era el resto del mundo que se apagaba a su alrededor. Debió de ver que la estaba mirando. Porque me sonrió. Me sonrió sobre todo con sus ojos verde oscuro. Iguales que las hojas de un rosal. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.
Caminaba con un movimiento lento. No se contoneaba demasiado, pero era como si todo su cuerpo siguiese un baile lento, a un ritmo completamente distinto del de la estruendosa música que no paraba de sonar. Yo no paraba de preguntarme porqué se había fijado en mí. Desde luego no era ni de lejos la persona más atractiva de la fiesta. Y estaba muy lejos de ser el más divertido en aquellos momentos. Pero la seguí. No dejé de seguirla ni por un momento.
Salió a un balcón y me esperó apoyada en la barandilla.
- Te estaba esperando. - Y dijo mi nombre. Lo dijo como quien conoce a alguien de toda la vida. Y me pareció lo más normal del mundo.
- ¿Te conozco?
Ella rió. Con una risa que me sonó a la de un niño. Y después me acarició por detrás de la oreja.
- De toda la vida. Me conoces de toda la vida.
Y me besó. Y fue como si aquel beso fuese el primero y el último de toda mi vida.
Así que estaba allí, en medio de una fiesta sin conocer a nadie, nada más que al alguien que no podía encontrar. Apoyado en la pared con una cerveza en la mano, pensando en mis miserias o tal vez tratando de dar con alguna idea que escribir, cuando la vi.
Lo primero que me sorprendió fue que me estaba mirando. Estaba entre un grupo de gente. Algunos hablaban. Algunos reían. Pero ella estaba como ausente. Con la mirada como perdida, pero fija en mí. Llevaba un vestido blanco y suelto, que jugaba con sus formas curvadas. Es posible que alguien hubiese dicho que resplandecía. No es cierto. Era el resto del mundo que se apagaba a su alrededor. Debió de ver que la estaba mirando. Porque me sonrió. Me sonrió sobre todo con sus ojos verde oscuro. Iguales que las hojas de un rosal. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.
Caminaba con un movimiento lento. No se contoneaba demasiado, pero era como si todo su cuerpo siguiese un baile lento, a un ritmo completamente distinto del de la estruendosa música que no paraba de sonar. Yo no paraba de preguntarme porqué se había fijado en mí. Desde luego no era ni de lejos la persona más atractiva de la fiesta. Y estaba muy lejos de ser el más divertido en aquellos momentos. Pero la seguí. No dejé de seguirla ni por un momento.
Salió a un balcón y me esperó apoyada en la barandilla.
- Te estaba esperando. - Y dijo mi nombre. Lo dijo como quien conoce a alguien de toda la vida. Y me pareció lo más normal del mundo.
- ¿Te conozco?
Ella rió. Con una risa que me sonó a la de un niño. Y después me acarició por detrás de la oreja.
- De toda la vida. Me conoces de toda la vida.
Y me besó. Y fue como si aquel beso fuese el primero y el último de toda mi vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario