La noche había comenzado a caer suavemente sobre la linde del bosque. Y con ella vinieron las nubes de llevia fría, helada. Isabel miró al cielo y se hechó la capucha sobre la cabeza. La anciana caminó unos cuantos pasos desgrabados apoyada en su bastón y miró a lo profundo del bosque.
- Ven aquí, mi niña.
Isabel se puso junto a ella. Y por un segundo notó algo rígido, duro, bajo sus pies. No esa tierra blanda y húmeda. Y vio una baldosa desgastada, de un amarillo apagado.
- ¿Es este el camino?
- Es el comienzo al menos. Puede llevar a muchos sitios. Si eres capaz de seguirlo te llevará hasta tu hijo.
- Y sino soy capaz de seguirlo.
La anciana miró por un segundo al suelo.
- Será mejor que lo sigas. De todas formas no te preocupes. Alguien ya se encargado de que lo recorras segura.
Isabel asintió y dio un paso al frente.
- Buena suerte.
Sonrió y se caló la capucha.
- Es hora de cazar un lobo, caperucita.
Y comenzó a caminar entre las sombras del bosque.
- Ven aquí, mi niña.
Isabel se puso junto a ella. Y por un segundo notó algo rígido, duro, bajo sus pies. No esa tierra blanda y húmeda. Y vio una baldosa desgastada, de un amarillo apagado.
- ¿Es este el camino?
- Es el comienzo al menos. Puede llevar a muchos sitios. Si eres capaz de seguirlo te llevará hasta tu hijo.
- Y sino soy capaz de seguirlo.
La anciana miró por un segundo al suelo.
- Será mejor que lo sigas. De todas formas no te preocupes. Alguien ya se encargado de que lo recorras segura.
Isabel asintió y dio un paso al frente.
- Buena suerte.
Sonrió y se caló la capucha.
- Es hora de cazar un lobo, caperucita.
Y comenzó a caminar entre las sombras del bosque.
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