Cuando despertó estaba fría. Y tiritaba. Fuera del cobijo del puente seguía lloviendo. Su ropa se había secado en parte, pero ahora estaba cubierta de barro y su pelo estaba sucio y revuelto. Aún así, se levantó y volvió a emprender el camino. Ahora el sendero serpenteaba junto al río. Lo siguió hasta que tuvo que cruzar un vado. luego pasó entre dos colinas llenas de zarzas y setos bajo, coronadas con sendas y enormes encinas. Después comenzó a hundirse entre ellas. Más y más, hasta que estuvo rodeada por dos paredes de roca que parecía llegar hasta el cielo. Y entonces, poco a poco, dejo de llover. Y las paredes comenzaron a inclinarse, y a llenarse de hierbas bajas y espesas.
Y siguió caminando.
Y el cielo se abrió. Gris, plomizo. Y la hendidura se convirtió en una llanura. Y ante ella el mundo parecía no tener fin. Pero había algo verde allí abajo.
Y continuó caminando.
Y entonces lo distinguió. Con todas sus vueltas y recodos. Con todos sus giros y callejones. Y vio la entrada. Y, sin dudarlo, se encaminó hacia ella.
Y lentamente, se sumió en el laberinto.
Y siguió caminando.
Y el cielo se abrió. Gris, plomizo. Y la hendidura se convirtió en una llanura. Y ante ella el mundo parecía no tener fin. Pero había algo verde allí abajo.
Y continuó caminando.
Y entonces lo distinguió. Con todas sus vueltas y recodos. Con todos sus giros y callejones. Y vio la entrada. Y, sin dudarlo, se encaminó hacia ella.
Y lentamente, se sumió en el laberinto.
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