Siguió caminado entre los corredores, buscando las baldosas doradas, guiándose por el anillo de oro. Y entonces comenzó a sentir las sombras. Que la seguían, que reían cada vez que torcía una esquina. Pero nunca se acercaban. Porque aún estaba en el camino corecto y no podían herirla.
Pero comenzó a ver algo aún peor.
En las ramas de aquel seto espinoso comenzaron a dibujarse rostros. Rostros de hojas y espinas. Caras retorcidas y serenas. Entristecidas y consumidas. Algunas no más que trazos que se sumían en aquel mar de hojas, como ahogándose en sus ramas. Otras claras y perturbadoras.
Pero siguió caminando.
Entre aquellas sombras. Entre aquellos rostros sin expresión.
Hasta que al final el laberinto terminó.
Y entonces vino lo peor.
Pero comenzó a ver algo aún peor.
En las ramas de aquel seto espinoso comenzaron a dibujarse rostros. Rostros de hojas y espinas. Caras retorcidas y serenas. Entristecidas y consumidas. Algunas no más que trazos que se sumían en aquel mar de hojas, como ahogándose en sus ramas. Otras claras y perturbadoras.
Pero siguió caminando.
Entre aquellas sombras. Entre aquellos rostros sin expresión.
Hasta que al final el laberinto terminó.
Y entonces vino lo peor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario