jueves, 20 de marzo de 2008

In the Deep - Parte III

Cuando desperté el Sol comenzaba a colarse tenuemente en mi habiatación y el otro lado de la cama estaba vacío. Mi cuerpo estaba frío y empapado en sudor. Quité las sábanas blancas y las eché a lavar. Después me metí en la ducha. El agua estaba helada. Recuerdo que cerré los ojos y la dejé caer a chorro sobre mi cuerpo. Al poco comencé a tiritar. Me senté en el plato de la ducha y rompí a llorar. Debí de estar así unos veinte minutos. Nunca me había sentido así. Tan lleno, y tan vacío a la vez. Sólo sé que quería llorar. Nada más.

Han pasado unos tres años desde entonces. Ya casi no recuerdo su cara. Pero aún oigo su risa cuando cierro los ojos y comienzo a dormirme. Y aún siento el sabor de si piel ácida algunas mañanas justo antes de despertarme y ser consciente de que sigo en este mundo.
Y la echo de menos. La echo de menos de una forma que no alcanzo a comprender. Porque a la vez siento que nunca ha estado aquí. Y que nunca se ha marchado.

Desde aquel día no he parado de escribir. El bloqueo se marchó y no ha vuelto. No sé si sería algo que trajo con ella. O algo que se llevó.
O si fue lo que dijo, mentras dormíamos, bajito en mi oído.
Como un susurro. Como un regalo. Como algo que dejó dentro de mí. Y que por mucho que pase el tiempo no va a marcharse nunca.

martes, 18 de marzo de 2008

In the Deep - Parte II

Entramos en casa. Recuerdo que fuera estaba lloviendo y que cuando llegamos estábamos empapados. Nos quitamos la ropa mojada lentamente. Recuerdo sus manos ascendiendo por mi costado llevándose una camiseta sucia con ellas. El tacto de su piel húmeda cuando descendí por su vientre hasta atreverme a bajar sus bragas blanca. Y su risa. Cuando volvió a reír como si todo aquello no fuese más que un juego. Reía muchísimo.
Y nos besamos de nuevo. Aprentando nuestros cuerpos empapados.
Nos tiramos sobre la cama y recorrí su cuerpo con mi boca. Su pecho, su vientre. Aún recuerdo el sabor de su piel, ácida, suave y ácida, junto con el de aquella agua de lluvia. Se mordía el labio inferior de placer. Y gimió, suspiró cuando la penetré.
Aún hoy lo recuerdo como un sueño extraño. Con una mezcla del sabor de sus labios y el brillo de sus ojos oscuros. Y el tacto de su piel y la cascada de su pelo castaño.
Lo hicimos una y otra vez hasta agotarnos. Y recuerdo que cuando estaba a punto de quedarme dormido me susurró algo. Dijo algo por lo bajo a mi oído. Y soñé toda la noche con su cuerpo perfecto bajo aquel vestido blanco de gasa bailando en el viento. Y su risa, el eco continuo de su risa llenando el mundo.

domingo, 16 de marzo de 2008

In the Deep - Parte I

Allí estaba yo. En medio de toda aquella gente a la que no conocía lo más mínimo. En un sitio en el que no quería estar. Aguantando una conversación sobre algo que no recuerdo y que no me interesaba lo más mínimo. Algún amigo, ya no recuerdo quién, me había arrastrado hasta allí. Llevaba semanas encerrado en casa con un bloqueo completo. "Necesitas salir", me había dicho "Además así yo no iré solo", continuó.
Así que estaba allí, en medio de una fiesta sin conocer a nadie, nada más que al alguien que no podía encontrar. Apoyado en la pared con una cerveza en la mano, pensando en mis miserias o tal vez tratando de dar con alguna idea que escribir, cuando la vi.
Lo primero que me sorprendió fue que me estaba mirando. Estaba entre un grupo de gente. Algunos hablaban. Algunos reían. Pero ella estaba como ausente. Con la mirada como perdida, pero fija en mí. Llevaba un vestido blanco y suelto, que jugaba con sus formas curvadas. Es posible que alguien hubiese dicho que resplandecía. No es cierto. Era el resto del mundo que se apagaba a su alrededor. Debió de ver que la estaba mirando. Porque me sonrió. Me sonrió sobre todo con sus ojos verde oscuro. Iguales que las hojas de un rosal. Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí.
Caminaba con un movimiento lento. No se contoneaba demasiado, pero era como si todo su cuerpo siguiese un baile lento, a un ritmo completamente distinto del de la estruendosa música que no paraba de sonar. Yo no paraba de preguntarme porqué se había fijado en mí. Desde luego no era ni de lejos la persona más atractiva de la fiesta. Y estaba muy lejos de ser el más divertido en aquellos momentos. Pero la seguí. No dejé de seguirla ni por un momento.
Salió a un balcón y me esperó apoyada en la barandilla.
- Te estaba esperando. - Y dijo mi nombre. Lo dijo como quien conoce a alguien de toda la vida. Y me pareció lo más normal del mundo.
- ¿Te conozco?
Ella rió. Con una risa que me sonó a la de un niño. Y después me acarició por detrás de la oreja.
- De toda la vida. Me conoces de toda la vida.
Y me besó. Y fue como si aquel beso fuese el primero y el último de toda mi vida.

sábado, 15 de marzo de 2008

Come away with me - Epílogo

Isabel cogió a su hijo de la mano y se dio la vuelta. Según andaban los pocos rasgos animales de Daniel se fueron atenuando, haciéndose más humanos. Hasta desaparecer.
- ¿Pueden venir mis amigos conmigo mamá?
Ella miró alrededor y vio a todos aquellos animales-niños que los observaban con pavor. Y supo que el mundo ya no era lugar para ellos. Que nunca podrían volver. Y que de hacerlo, sólo sería peor.
- No hijo.
El pareció entristecerse. Ella se puso de cuclillas junto a él, y le acarició la barbilla mirándole a los ojos por un instante.
Entonces le besó la frente.
- Venga. Tu tía debe de estarnos esperando.
Caminaron hacia la entrada del laberinto y el mundo entero pareció llenarse de luz.

viernes, 14 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XL

Sonrió. Con una sonrisa que podría haber llenado un mundo.
- Fue un regalo.
Él estaba aterrorizado. Toda su belleza se volvió terrible. Su voz sonaba como el silbido de la serpiente.
- Márchate.
- No. No sin él.
El cielo pareció oscurecerse. El aire se hizo más denso. Y él pareció crecer. Sus rasgos se desdibujaron. Y por un segundo pareció un niño. Un animal.
- Este es mi reino. Márchate. No hay nada que puedas hacer.
- Sí.
Sentí la conjoga de lo que iba a decir. Como si un frío espeso se pegase a mi piel.
- Hay algo que puedo hacer. Sé tu nombre.
Y entonces su cara se desencajó.
- No puedes saberlo.
- Lo recuerdo. Lo recuerdo de cuando era una niña.
Y su voz fue una súplica. Sus ojos eran acuosos y asustadizos. Y su voz un susurro.
- Márchate y llévatelo contigo.

jueves, 13 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIX

Entonces lo recordó. Como algo extraño, fugaz. Visto por el rabillo del ojo. Recordó al camarero de aquel bar alejado del resto de la ciudad. Y a aquella mujer de negro que había mirado la foto de su hijo fijamente, con sus ojos acuosos. Recordó como hablaba con el camarero mientras la mujer se miraba la mano izquierda y empujándolo con el pulgar se desprendía de un anillo de oro. Recordó como se chocó con ella y algo se deslizó de sus manos a su bolsillo. Y como cada una siguió su camino.
Entonces no la había visto hacerlo, pero ahora tenía la certeza.
Y supo que había sido un regalo.
Y no pudo menos que estar agradecida.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVIII

Era alto. Y hermoso. Dolorosamente hermoso. Y vestía de verde. De un verde vivo. Unas ropas que no se habría podido definir en el tiempo. Eran viejas. De hace mucho. Pero no sabría decir cuanto.
Y sus ojos brillaban. Resplandecían. En un verde oscuro e intenso.
- He venido a por lo que es mío.
Su voz la sonó extraña. Como lejana. Como si no fuese ella quien hablase. Él sonrió, con esa sonrisa inocente. Con esa sonrisa que escondía tanto. Tanta falsedad.
- Aquí ya no hay nada tuyo.
Y lo vi. Lo acariciaba con una mano. A mi hijo. ¿Pero seguía siendo mi hijo? Comenzaba a ser uno de aquellos seres. De aquellos seres que antes habían sido niños. Pero seguía siendo mi hijo. Aún no era uno de ellos. Aún era un niño.
- Él es mío.
Lo señalé. Y el volvió a sonreír.
- No. Ya no. Aparte. ¿Cómo volverás? Es realmente que encontrases el camino hasta aquí. ¿Pero podrás encontrar el de vuelta?
Giré mi mano izquierda y me miré la palma. Cuando me fijé en su cara estaba casi aterrorizado. Su voz sonó débil, asustadiza.
- ¿Cómo conseguiste ese anillo?

martes, 11 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVII

Era un jardín. Había árboles cargados de flores de colores vivos y la hierba estaba bien cortada y era de un verde esmeralda. El viento la mecía con una suavidad delicada, conmovedora. Y todo estaba lleno con ese olor a flores silvestres.
También había animales. O al menos parecían animales.
Cuando se acercó a ellos dejaron de parecerlo.
Estaban desnudos y cubiertos de pelo, o plumas. Tenían ojos sin iris ni pupilas. Sólo de un único y brillante color. En la mayoría de los casos negro. Algunos se volvieron para verla pasar. Recordaban a aves o perros de caza. Pero no lo eran. Era evidente que habían sido niños, en otro tiempo, hacía mucho. Pero ya no.
Isabel siguió caminando. Los antes niños la miraban al pasar. En silencio. Como miran los predadores antes de saltar sobre la presa.
Pero ella siguió caminando.
Y entonces sonó una voz. Dulce, aterciopelada, arrebatadora.
Y tan conocida como un sueño olvidado.
- Bienvenida de nuevo. ¿Cómo has llegado hasta aquí?

lunes, 10 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXVI

Siguió caminado entre los corredores, buscando las baldosas doradas, guiándose por el anillo de oro. Y entonces comenzó a sentir las sombras. Que la seguían, que reían cada vez que torcía una esquina. Pero nunca se acercaban. Porque aún estaba en el camino corecto y no podían herirla.
Pero comenzó a ver algo aún peor.
En las ramas de aquel seto espinoso comenzaron a dibujarse rostros. Rostros de hojas y espinas. Caras retorcidas y serenas. Entristecidas y consumidas. Algunas no más que trazos que se sumían en aquel mar de hojas, como ahogándose en sus ramas. Otras claras y perturbadoras.
Pero siguió caminando.
Entre aquellas sombras. Entre aquellos rostros sin expresión.

Hasta que al final el laberinto terminó.

Y entonces vino lo peor.

domingo, 9 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXV

El laberinto girara y giraba. Con cada recodo desdoblándose una y otra vez en cientos de nuevos pasillos. El viento soplaba suave entre las hojas oscuras de los setos que delimitaban cada corredor. E Isabel caminaba impasible, de forma lenta. Sin perder el camino. De vez en cuando, aquí y allá pisaba alguna de las baldosas. Tras giraar tantas veces y tomar tantos recodos que perdió la cuenta el corredor se abrió y llegó a un pequeño claro. En el centro había un rosal. Ascendía con un tallo grueso que se abría en una enorme copa en forma de corazón. Las rosas eran de un vivísimo carmesí. Y cada una de ellas goteaba un líquido oscuro, viscoso, de ese mismo color, formando en el suelo un charco carmín.
Isabel se mordió el labio y evitó acercarse al rosal. Trató de tomar el recodo más cercano. Pero el anillo volvió a arder en su dedo. Esta vez más suavemente. Entonces miró al centro y vio un pequeño destello al otro lado del claro. Y con cuidado fue bordeando todo el claro hasta tomar aquel otro corredor. Y siguió avanzando entre los inmensos pasillos sin fin.

sábado, 8 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIV

Cuando despertó estaba fría. Y tiritaba. Fuera del cobijo del puente seguía lloviendo. Su ropa se había secado en parte, pero ahora estaba cubierta de barro y su pelo estaba sucio y revuelto. Aún así, se levantó y volvió a emprender el camino. Ahora el sendero serpenteaba junto al río. Lo siguió hasta que tuvo que cruzar un vado. luego pasó entre dos colinas llenas de zarzas y setos bajo, coronadas con sendas y enormes encinas. Después comenzó a hundirse entre ellas. Más y más, hasta que estuvo rodeada por dos paredes de roca que parecía llegar hasta el cielo. Y entonces, poco a poco, dejo de llover. Y las paredes comenzaron a inclinarse, y a llenarse de hierbas bajas y espesas.
Y siguió caminando.
Y el cielo se abrió. Gris, plomizo. Y la hendidura se convirtió en una llanura. Y ante ella el mundo parecía no tener fin. Pero había algo verde allí abajo.
Y continuó caminando.
Y entonces lo distinguió. Con todas sus vueltas y recodos. Con todos sus giros y callejones. Y vio la entrada. Y, sin dudarlo, se encaminó hacia ella.
Y lentamente, se sumió en el laberinto.

viernes, 7 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXIII

Sintió el agua rozando sus dedos, su mano, su brazo. Ascendiendo poco a poco hasta empepar todo su cuerpo, y arrastrarla con ella. Se sintió flortar sobre una corriente suave. Tranquila y plácida. A lo lejos sonaba un ruido amortiguado. Y el agua la siguió arrastrando. Y entonces comenzó a caer. Y todo era agua y aire. Y la caída, la interminable caída. Y entonces todo se llenó de espinas y ramas que se quebraban a su paso. Y empezó a dejar de caer. Y ya no caía sino que corría. Y había una voz que la gritaba "vuelve", peor ella no podía volver. No quería volver. Sólo podía correr hacia delante, sin saber el camino. A través de todas aquellas zarzas y espinas.
No podía más que correr.

jueves, 6 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXII

Siguió lloviendo. Pero aquella canción triste se fue apagando. Lenta, irremediblemente. Al final no fue más que un susurro permanente bajo el sonido del agua al caer.
Isbael siguió caminando por la senda embarrada. Cansada. Agotada de tanto andar. Y exhausta. Pero no por el viaje. No en el cuerpo. Sino más dentro. En sus más profundas entrañas.
Suspiró.
No se veía capaz de seguir caminando. Pero tampoco podía quedarse allí, bajo la lluvia.
Había un gran árbol junto al camino, uno cuyas ramas se extendían espesas y largas, cubriendo el suelo de la lluvia. Sólo tenía que salir del camino. Estaba allí, a unos pocos pasos. Extendió su piernahacia él, y entonces lo sintió. Ardiéndo en su dedo. Se llevó la otra mano hacia él y dio un paso atrás. En ese momento las enredaderas parecieron espesarse allídonde había estado a punto de poner el pie. Su corazón latía fuerte en su pecho. Cuando se miró la mano tenía una quemadura bajo el anillo. Pero, aún así, estaba frío.
Desistió de dejar el camino y siguió andando por él.
Tras otro largo rato llegó a un pequeño vado, el sendero giraba y pasando por debajo de un pequeño puente que cruzaba un caudaloso río. Allí, entre las piedras frías y algunas plantas extrañas se acurrucó, y se echó a dormir.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXI

Isabel creyó ver algo que se movía en la lluvia. Entre las cortinas de agua. Eran como sombras húmedas. De pelo largo y oscuro. No más que siluetas que se deslizaban a lo lejos, entre los árboles. Sintió un escalofrío recorriéndole toda la espalda, pero continuó caminando, con aquellas sombras mojadas cruzando entre los árboles del bosque. Con aquella canción triste llenándolo todo. Pero sin dejar de andar.
Al final pareció que las figuras se fueron, y que sólo quedó la lluvia.
Y siguió caminando. Sobre las baldosas encharcadas y hundidas. Enterradas en el barro oscuro.
Siguió caminando.
Hasta que la senda torció junto a un árbol enorme y viejísimo y se encontró a una de aquellas sombras de golpe. A no más de 5 metros.
Su cuerpo no era más que un montón de piel y carne que colgaba sin vida de sus huesos finos. Su pelo estaba desgreñado y era tan largo que le colgaba hasta casi los pies. Era como un juego de grises y negros sobre el blancuzco enfermizo de su piel. Parecía estar ahí de pie. Sin vida alguna. Esperando a ver la lluvia caer.
Isabel respiró. Retomó el aire perdido sin moverse lo más mínimo. Con todo su cuerpo en tensión.
Y la figura levantó la vista.
Su cara estaba descarnada y raída. Con unos labios secos y una expresión vacía. Y con unos ojos velados. La miró. La miró sin ver. Tal vez llorando en medio de aquella lluvia que parecía no acabar. Y que llenaba sus mejillas secas de agua y lárgimas.
Oareció temblar por un segundo. Triste. Con una tristeza inabarcable, que parecía llenar todo su mundo. Volvió a bajar la mirada y salió del camino. Perdiéndose como una sombra entre los árboles.
E Isabel volvió a quedar sola en medio de aquella lluvia.
Y suspiró, sin saber si lloraba o eran sólo lágrimas que la lluvia había puesto en sus mejillas.

martes, 4 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXX

Las sombras del bosque se fueron volviendo más densas, y los sonidos del mundo que fue dejando atrás se fueron amortiguando poco a poco, hasta que no quedó más que el estruendoso silencio de los lugares oscuros.
Los árboles se cerraron unos sobre otros. Las baldosas se hundieron entre el barro, y ya sólo sobresalían pálidas y desgastadas de vez en cuando. Las enredaderas se hicieron cada vez más abundantes y espesas. Y se llenaron de espinas, largas y gruesas, como cuchillos afilados en aquel albor del anochecer.
Y siguió lloviendo. Una lluvia que no era ni fuerte ni suave. Ni liviana ni espesa. Tan solo una lluvia pegajosa que calaba con solo rozar. Y fría, fría como solo pueden serlo las cosas largo tiempo muertas.
Y todo siguió así por un tiempo.
Hasta que algo sonó en la lluvia.
Era como una canción.
Como una nana. O una sonata triste.
Y hablaba de un sitio...
...Donde nunca amanecía.

lunes, 3 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXIX

La noche había comenzado a caer suavemente sobre la linde del bosque. Y con ella vinieron las nubes de llevia fría, helada. Isabel miró al cielo y se hechó la capucha sobre la cabeza. La anciana caminó unos cuantos pasos desgrabados apoyada en su bastón y miró a lo profundo del bosque.
- Ven aquí, mi niña.
Isabel se puso junto a ella. Y por un segundo notó algo rígido, duro, bajo sus pies. No esa tierra blanda y húmeda. Y vio una baldosa desgastada, de un amarillo apagado.
- ¿Es este el camino?
- Es el comienzo al menos. Puede llevar a muchos sitios. Si eres capaz de seguirlo te llevará hasta tu hijo.
- Y sino soy capaz de seguirlo.
La anciana miró por un segundo al suelo.
- Será mejor que lo sigas. De todas formas no te preocupes. Alguien ya se encargado de que lo recorras segura.
Isabel asintió y dio un paso al frente.
- Buena suerte.
Sonrió y se caló la capucha.
- Es hora de cazar un lobo, caperucita.
Y comenzó a caminar entre las sombras del bosque.

domingo, 2 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXVIII

Las dos mujeres se sentaron en una mesa con un desgastado mantel rojuo. La anciana sonrió.
- ¿Sabes? Nunca me ha gustado demasaido el té. Pero a mi edad ya no me siente bien el café.
Ambas sonrieron de forma complice por un momento. Después se hizo el silencio. Al final la anciana volvió a hablar.
- ¿Sabes por qué estás aquí?
Isabel asintió.
- Y sabes que a tu hijo se lo llevaron. - No fue una pregunta, sino una afirmación. - Pero no gente normal, sino alguien distinto.
- Sí.
Isabel asintió con dolor. Con conciencia de lo que suponía aquella respuesta.
- Puedo ayudarte a llegar hasta él. Pero traerle de vuelta está solo en tus manos. ¿Estas dispuesta a recorrer ese camino y a encontrarte con quien este esperando al final de él?
Isabel la miró con ojos asi vacíos. Y sólo dijo una palabra.
- Sí.

sábado, 1 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXVII

Isabel llamó a la puerta, que se abrió sola. Dentro había una habitación pequeña. Abarrotada de polvo, libros y estanterías viejas. La luz entraba por entre las resquebrajaduras del cristal, junto con el viento frío que traspasaba la ventana. Aquel lugar olía a hierba fresca y a tierra mojada. Y a cientos de guisos de muchos días.
Isabel se adentró en la habitación. El polvo ascendía en remolinos a cada paso, jugando entre los haces de luz. Algo pequeño se movió entre los libros y aparatos de una de las estanterías. Siguió avanzando hacia la otra puerta. Su sombra se deslizó por el suelo. Entonces oyó una voz:
- Ya era hora hija mía.
En la cocina había una mujer. Una anciana. Estaba de espaldas y atendía una pequeña tetera. Isabel supo que sonreía. Ella también lo hizo.
- Siéntate. Es hora de que hablemos.