jueves, 6 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXII

Siguió lloviendo. Pero aquella canción triste se fue apagando. Lenta, irremediblemente. Al final no fue más que un susurro permanente bajo el sonido del agua al caer.
Isbael siguió caminando por la senda embarrada. Cansada. Agotada de tanto andar. Y exhausta. Pero no por el viaje. No en el cuerpo. Sino más dentro. En sus más profundas entrañas.
Suspiró.
No se veía capaz de seguir caminando. Pero tampoco podía quedarse allí, bajo la lluvia.
Había un gran árbol junto al camino, uno cuyas ramas se extendían espesas y largas, cubriendo el suelo de la lluvia. Sólo tenía que salir del camino. Estaba allí, a unos pocos pasos. Extendió su piernahacia él, y entonces lo sintió. Ardiéndo en su dedo. Se llevó la otra mano hacia él y dio un paso atrás. En ese momento las enredaderas parecieron espesarse allídonde había estado a punto de poner el pie. Su corazón latía fuerte en su pecho. Cuando se miró la mano tenía una quemadura bajo el anillo. Pero, aún así, estaba frío.
Desistió de dejar el camino y siguió andando por él.
Tras otro largo rato llegó a un pequeño vado, el sendero giraba y pasando por debajo de un pequeño puente que cruzaba un caudaloso río. Allí, entre las piedras frías y algunas plantas extrañas se acurrucó, y se echó a dormir.

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