El laberinto girara y giraba. Con cada recodo desdoblándose una y otra vez en cientos de nuevos pasillos. El viento soplaba suave entre las hojas oscuras de los setos que delimitaban cada corredor. E Isabel caminaba impasible, de forma lenta. Sin perder el camino. De vez en cuando, aquí y allá pisaba alguna de las baldosas. Tras giraar tantas veces y tomar tantos recodos que perdió la cuenta el corredor se abrió y llegó a un pequeño claro. En el centro había un rosal. Ascendía con un tallo grueso que se abría en una enorme copa en forma de corazón. Las rosas eran de un vivísimo carmesí. Y cada una de ellas goteaba un líquido oscuro, viscoso, de ese mismo color, formando en el suelo un charco carmín.
Isabel se mordió el labio y evitó acercarse al rosal. Trató de tomar el recodo más cercano. Pero el anillo volvió a arder en su dedo. Esta vez más suavemente. Entonces miró al centro y vio un pequeño destello al otro lado del claro. Y con cuidado fue bordeando todo el claro hasta tomar aquel otro corredor. Y siguió avanzando entre los inmensos pasillos sin fin.
Isabel se mordió el labio y evitó acercarse al rosal. Trató de tomar el recodo más cercano. Pero el anillo volvió a arder en su dedo. Esta vez más suavemente. Entonces miró al centro y vio un pequeño destello al otro lado del claro. Y con cuidado fue bordeando todo el claro hasta tomar aquel otro corredor. Y siguió avanzando entre los inmensos pasillos sin fin.
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