miércoles, 5 de marzo de 2008

Come away with me - Parte XXXI

Isabel creyó ver algo que se movía en la lluvia. Entre las cortinas de agua. Eran como sombras húmedas. De pelo largo y oscuro. No más que siluetas que se deslizaban a lo lejos, entre los árboles. Sintió un escalofrío recorriéndole toda la espalda, pero continuó caminando, con aquellas sombras mojadas cruzando entre los árboles del bosque. Con aquella canción triste llenándolo todo. Pero sin dejar de andar.
Al final pareció que las figuras se fueron, y que sólo quedó la lluvia.
Y siguió caminando. Sobre las baldosas encharcadas y hundidas. Enterradas en el barro oscuro.
Siguió caminando.
Hasta que la senda torció junto a un árbol enorme y viejísimo y se encontró a una de aquellas sombras de golpe. A no más de 5 metros.
Su cuerpo no era más que un montón de piel y carne que colgaba sin vida de sus huesos finos. Su pelo estaba desgreñado y era tan largo que le colgaba hasta casi los pies. Era como un juego de grises y negros sobre el blancuzco enfermizo de su piel. Parecía estar ahí de pie. Sin vida alguna. Esperando a ver la lluvia caer.
Isabel respiró. Retomó el aire perdido sin moverse lo más mínimo. Con todo su cuerpo en tensión.
Y la figura levantó la vista.
Su cara estaba descarnada y raída. Con unos labios secos y una expresión vacía. Y con unos ojos velados. La miró. La miró sin ver. Tal vez llorando en medio de aquella lluvia que parecía no acabar. Y que llenaba sus mejillas secas de agua y lárgimas.
Oareció temblar por un segundo. Triste. Con una tristeza inabarcable, que parecía llenar todo su mundo. Volvió a bajar la mirada y salió del camino. Perdiéndose como una sombra entre los árboles.
E Isabel volvió a quedar sola en medio de aquella lluvia.
Y suspiró, sin saber si lloraba o eran sólo lágrimas que la lluvia había puesto en sus mejillas.

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