No era una noche demasiado oscura. Ni tormentosa. Hacía ese frío del Mes de Mayo, que empapa los huesos y te hace tiritar bajo las sábanas. Y el viento susurraba melodías suaves entre las ramas de los árboles.
La habitación estaba a oscuras. La Luna se desdibujaba entre los retazos de nubes. Recortándose en el cristal de la ventana. La oscuridad se hizo más profunda, más pesada. Y en el centro de aquel pequeño mundo negro, estaba él. Ajeno a ese mar de penumbras. Acurrucado entre las mantas.
Una voz comenzó a deslizarse lentamente a lo largo de la cama. Era como el sonido de una brisa. Olía a polvo, y a vejez. La sombra de sus manos fue ascendiendo, remontando cada pliegue de sus sábanas mientras cantaba, como en un susurro. Acercándose a él, hasta dejar sus labios junto a su oído. Exhalando una sonrisa, como un suspiro.
La habitación estaba a oscuras. La Luna se desdibujaba entre los retazos de nubes. Recortándose en el cristal de la ventana. La oscuridad se hizo más profunda, más pesada. Y en el centro de aquel pequeño mundo negro, estaba él. Ajeno a ese mar de penumbras. Acurrucado entre las mantas.
Una voz comenzó a deslizarse lentamente a lo largo de la cama. Era como el sonido de una brisa. Olía a polvo, y a vejez. La sombra de sus manos fue ascendiendo, remontando cada pliegue de sus sábanas mientras cantaba, como en un susurro. Acercándose a él, hasta dejar sus labios junto a su oído. Exhalando una sonrisa, como un suspiro.
Ven conmigo, mi niño.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a una tierra
donde el amanecer nunca llega.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a una tierra
donde el amanecer nunca llega.
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