martes, 12 de febrero de 2008

Come away with me - Parte IX

El hombre sonreía mientras las miraba.
- Claro que sí. Tengo cualquier cosa que necesitéis. Sangre de virgen, esencia de promesas rotas, e incluso creo que tengo algunas flores del paraíso en algún sitio...
Uno de los hombrecillos negó con la cabeza.
- No. Nosotros lo que necesitamos es un salvaconducto.
Al anciano se le iluminó el ojo. Y una sonrisa estúpida y grotesca se le dibujó en la cara. Su voz sonó incrédula e infantil.
- ¿Qué?
El mismo hombrecillo volvió a asentir mientras su compañero le miraba de forma compasiva.
- Un salvaconducto.
- ¿Estáis seguros?
- Sí.
El hombre comenzó a revolver entre todas las cosas que colgaban revoloteando alrededor de su puesto
- Bueno, eso es algo muy caro. ¿Seguro que podéis pagarlo?
Los dos hombrecillos se miraron. El más reacio de ellos enarcó una ceja.
- ¡Oh! Claro que podréis pagarlo.
La sonrisa del hombre pasó de ser inquietante a amenazante. Los dos hombrecillos parecían aterrados.
- Por supuesto que no pueden.
La voz sonó quebrada a sus espaldas. El anciano levantó la vista. Al lado de su tenderete estaba una vieja encorvada, con el pelo desgreñado y la cara llenas de arrugas finas que la tapaban los ojos grises. Sonrió con cierta gracia.
- Esto no es asunto tuyo vieja bruja. Son clientes míos.
La voz del hombre sonó con desprecio.
- No. No lo son. A menos que hayáis cerrado ya algún trato chicos.
Miró a los dos hombrecillos. Ellos negaron con la cabeza.
- Entonces será mejor que sepáis que los precios de John el Desalmado suelen ser demasiado altos, y que sus productos tienen la mala costumbre de dejarle a uno tirado en el peor momento.
El hombre se mordió el labio, y respondió con voz profunda, hueca.
- Eso no es cierto.
- ¡Oh! - La mujer alzo la voz hasta que casi pudo oírsela en todas las esquinas del mercado. - Aún tengo esas marcas en mi trasero por cualpa del último carbón de Cornualles. Por no hablar de tus doblones del Rey Salomón...
El hombre contuvo la respiración, poniéndose cada vez más rojo, hasta parecer estar a punto de estallar. Por un segundo pareció que el parche estaba a punto de saltarle del ojo.
- Pero eso no es a lo que vengo ahora. - La voz de la mujer volvió a sonar cascada y amable. - Venía a haceros una oferta que tal vez os interese.
El hombre se quedó gélido.
- Son mis clientes.
Habló entre dientes, indignado.
- Eso lo decidirán ellos.
La vieja volvió a sonreír. Los hombrecillos la miraron, miraron al hombre y la volvieron a mirar, el que había hablado hasta ahora asintió con cierta efusividad, el otro se encogió de hombros. La vieja les tendió una cesta de miembre y ambos saltaron desde una pila de libros viejos a ella. Ninguno de los dos levantaba más de medio palmo.

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