La mujer salió de entre los pasillos de zarzas. Caminó dejando atrás el laberinto de espino, atravesando los jardines de rosas negras y carmesí. Con su voz cantando un nana por lo bajo, susurrando de forma leve.
Ven conmigo, mi niño.
Ven conmigo en la noche.
Ven conmigo a dormir
a la tierra que te verá morir.
Ven conmigo a dormir
a la tierra que te verá morir.
Sus labios dibujaron una sonrisa. Amarga, triste, pero embriagadora. Él estaba allí.
- Ahora eres libre. ¿Cumplirás con tu palabra?
- Sí. No traeré a nadie aquí nunca. Ni de acción o palabra le indicaré el camino a través del laberinto.
- Ni buscarás a nadie que quiera caminarlo.
- Ni lo buscaré ni lo guiaré en caso de que sea él quien me encuentre.
- Ahora eres libre.
Ella asintió y dejó al niño a los pies de aquel hombre.
- Si así lo deseas quédate aquí por esta noche. Pero parte antes de que se oculte el lucero del alba.
- Ahora eres libre. ¿Cumplirás con tu palabra?
- Sí. No traeré a nadie aquí nunca. Ni de acción o palabra le indicaré el camino a través del laberinto.
- Ni buscarás a nadie que quiera caminarlo.
- Ni lo buscaré ni lo guiaré en caso de que sea él quien me encuentre.
- Ahora eres libre.
Ella asintió y dejó al niño a los pies de aquel hombre.
- Si así lo deseas quédate aquí por esta noche. Pero parte antes de que se oculte el lucero del alba.
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