jueves, 7 de febrero de 2008

Come away with me - Parte IV

A media tarde la puerta de la casa se abrió y entro una mujer un poco más joven que Isabel. Ambas se abrazaron y lloraron. Después trataron de calmarse y la mujer consoló a su hermana como mejor pudo. Tomaron una tila y hablaron toda la tarde. Cuando comenzó a oscurecer hizo que Isabel se acostase porque necesitaba descansar. Y ella se quedó en el salón haciendo como que dormía, pero velando toda la noche. Velando como sólo saben hacerlo las mujeres, con el corazón en un puño y el alma en vilo. Rezando y suplicando porque dondequiera que estuviese su sobrino volviese pronto y estuviese bien.

Isabel por su parte trató de dormir. Revolviéndose una y otra vez en su cama. Cayendo poco a poco a través de las sábanas en aquel agujero oscuro y negro que era su sueño.

Primero vio un pasillo largo por el que su hijo corría vestido con su pijama amarillo de ositos y arrastrando su viejo oso de peluche junto a él. Ella corrió tratando de alcanzarle, pero al final el pasillo se estrechaba más y más y sólo había oscuridad. Y al final, al final del todo, una puerta minúscula y tras ella un cuarto enorme. El cuarto de su hijo, pero ya no parecía el cuarto de su hijo. Todo estaba demasiado revuelto, demasiado vacío. Y había policías por todas partes que no hacían nada más que apuntarlo todo en sus libretas. Y el oso de peluche de su hijo estaba sobre la cama y le faltaba un ojo. Pero Daniel no estaba en ninguna parte. Y ella sólo quería coger su oso de peluche y buscar el ojo que le faltaba para que estuviese bien cuando su hijo volviese, pero cuando se acercaba a la cama esta se alejaba y al tratar de volver a acercarse se alejaba más y más. Y al final terminó corriendo hacia un punto blanquecino que se desvanecía en el horizonte. Y luego ya solo corría, hasta que todo fue negro.

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